Mamarracho

Autor: Alexis Márquez Rodríguez

La palabra mamarracho siempre ha estado muy ligada al Carnaval. El DRAE la define como, en lenguaje coloquial, ³Persona o cosa defectuosa, ridícula o extravagante. 2. Coloq. Cosa imperfecta, 3. Coloq. Hombre informal, no merecedor de respeto². Como se ve, no se menciona la acepción relacionada con el Carnaval, aunque la primera podría verse como tal; pero la mayoría de las personas, sobre todo las de cierta edad, la vinculan con esas fiestas, pues siempre fue muy popular en Venezuela, lo mismo en la capital que en los pueblos del interior, el disfraz de mamarracho que predominaba en las fiestas carnavalescas y hacía las delicias de los disfrazados y de los espectadores, tanto las que se celebraban puertas adentro, en casas particulares, clubes y salas de fiesta, como las que tenían lugar en las plazas y otros lugares públicos.

El Diccionario de uso del español de América y España VOX tampoco registra expresamente esa acepción, pero la primera que da se acerca bastante a la idea: ³coloquial. Persona que viste o se comporta de forma ridícula, generalmente para hacer reír a otrosв.

Esta imagen del disfrazado de mamarracho se ha ido perdiendo, con la decadencia del Carnaval en nuestro país, y los esfuerzos que en algunos pueblos del interior se hace por revivirlo, además de que en gran parte han resultado fallidos, no han reivindicado el popular disfraz de mamarracho, privilegiando en cambio otros más formales y los que imitan personajes de la Iglesia, las Fuerzas Armadas, la política, el deporte, el cine, la farándula, etc.

Por otra parte, la palabra mamarracho suele usarse también en sentido peyorativo, incluso como insulto o para descalificar algo o a alguien. Decir de un sujeto que es un mamarracho puede que no se refiera a su modo de vestirse, sino mas bien de comportarse, demostrando una gran incapacidad y ausencia de seriedad en su trabajo. Es como atribuirle a alguien la más baja escala en la estimación de los demás. Igualmente decir que una obra ­escultura, pintura, arquitectura, literatura, teatro o simple artesanía­ es un mamarracho, equivale a colocarla en el lugar despreciable de lo que no sirve para nada.

La palabra mamarracho en nuestro idioma es más vieja de lo que pudiera creerse. Corominas la documenta ya en 1580, en su forma actual, pero antes, desde 1456 se conocía también en su forma original, momarracho, que a su vez es alteración de moharrache, tomada del árabe vulgar, con el significado de bromeador, bufón, chusco.

En América se usó siempre mamarracho relacionado con el Carnaval. El lingüista cubano, nacido en República Dominicana, Esteban Pichardo, en su Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, publicado en 1836, define mamarracho como ³La persona que se disfraza o representa alguna figura ridícula en el Carnaval o en las fiestas de San Juan, Santiago, Santa Ana, etc.³. (Esteban Pichardo: Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas. Edit. de Ciencias Sociales. La Habana; 1976. p. 401).










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Española y No Latina

Autor: Carlos Rangel

Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser. En qué consiste, exactamente, ese ser latinoamericano que compartimos desde el Río Bravo hasta la Patagonia? Una respuesta posible consiste en decir, que no hay una América Latina, sino veinte (título del libro bastante conocido de Marcel Niedergang) e inclusive echar en el saco a Brasil (y hasta a Haití). Pero todo hispanoamericano sabe, al encontrarse con un brasilero, que está frente a él, no junto a él, que no uno y otro miran el mundo desde perspectivas diferentes y eventualmente conflictivas.

En cambio, los diez mil kilómetros que separan el norte de México del sur de Chile y Argentina son una distancia geográfica, pero no espiritual.

Hay desde luego en Hispanoamérica grupos humanos marginales que habitan uno u otro de estos países sin participar en la cultura hispánica dominante. El hecho de que esos grupos sean residuos de los habitantes precolombinos, de los “dueños legítimos” del territorio, que hayan sido sus antepasados (y ellos mismos sigan siendo) víctimas de una conquista y una dominación para ellos extranjero; y el hecho adicional de que la sangre de estos esclavos corra, mezclada, por las venas de una enorme proporción de hispanoamericanos, son factores que tiendan a confundir la conciencia del continente, inyectándole elementos de indefinición, mitología, racismo, complejos de culpa y de inferioridad, etc.

Pero simplificando, por el momento, uno de los debates más angustiosos y fundamentales entre los muchos que han torturado a la América Latina, diré que justamente es la América Española la que desde la Conquista hasta hoy se ha planteado como sujeto activo un problema en el cual las culturas aborígenes y los seres humanos protagonistas de esas culturas han sido objetos pasivos. Los llamados indios, por su presencia en América en el momento del descubrimiento; por lo que de su cultura mal que bien no pudo dejar de adherirse a las sociedades hispánicas forjadas en la conquista, la colonización y la evangelización; por la inmensa tragedia de su derrota, masacre y esclavización; por su participación en el proceso de mestizaje, y por su persistente presencia, han contribuido a formar una parte muy importante de la conciencia (y también de la mala conciencia) latinoamericana. Pero a pesar del indigenismo de moda, Argentina, Bolivia, Cuba, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, Santo Domingo, Uruguay y Venezuela suman una sola cultura, la cultura hispanoamericana, implantada en 18 naciones sometidas políticamente a los Estados Unidos.

Los españoles encontraron una variedad de culturas y hasta civilizaciones aborígenes en esos territorios. Luego, importaron negros africanos. Posteriormente inmigrantes de diversas procedencias se integraron en proporciones variables a cada país, pero general. Sin embargo, un poco sorpresivamente, si se quiere, pero en forma palpable, la América Española existe y se puede discurrir sobre ella sin necesidad de dividirla en veinte, o ni siquiera en tres o en cinco.

En cambio sería claramente abusivo generalizar sobre una “América Latina: donde el Brasil estaría incluido como un componente más. Brasil es diferente a la América Española por su origen lusitano y su lengua portuguesa, pero además por el modo como fue conquistado y colonizado el territorio, y por haber sido metrópoli de Imperio Portugués durante largos años, tras los cuales en lugar de sufrir una ruptura traumática con Lisboa, logró su independencia por un acto de gobierno, por un decreto, conservando intactas las estructuras políticas y administrativas del Imperio.

En resumen, hay puntos de contacto, semejanzas, parentescos entre Brasil y la América Española, pero la suma de las diferencias es más importante que la de las semejanzas, puesto que incluye además la espectacular consolidación del Brasil en una sola nación gigantesca, fronteriza con todos los demás países de América del Sur menos Ecuador y Chile; y esto en contraste con la fragmentación de la América Española en 19 pedazos.

De más está decir que esa dimensión continental tiene en sí misma una importancia determinante, y siendo sin duda consecuencia de antecedentes distintos, lleva en sí la semilla de divergencias cada vez más pronunciadas, y hasta de enfrentamientos. Al intentar comprender la América Latina, no se puede ignorar Brasil (lo mismo que no se puede ignorar los EE.UU.); pero para la América Española, Brasil aparece como un vecino potencial o actualmente peligroso, potencial o actualmente amistoso, pero en todo caso diferente, otro.

La América Española en cambio, a pesar de su inmensidad geográfica y su aparente heterogeneidad, es un conjunto identificable, con suficientes rasgos comunes como para que sea útil generalizar sobre él, una subdivisión “clara y distinta” del mundo en que vivimos.

Esa diferenciación de la América Española procede, evidentemente, del sello que le dieron sus conquistadores, colonizadores y evangelizadores. Se trata de uno de los prodigios más asombrosos de la historia, pero está a la vista, irrefutable. Hay controversia sobre el número exacto de los “Viajeros de Indias,” pero en todo caso fueron apenas un puñado de hombres, entre marinos, guerreros y frailes. Y esos pocos hombres, en menos de sesenta años, antes de 1550, habían fundado casi todos los sitios urbanos que hoy todavía existen (más otros que luego desparecieron), habían propagado la fe católica y la lengua y la cultura de Castilla en forma no sólo perdurable sino, para bien o para mal, indeleble.

Española, pues, y no "Latina” es la América cuyos mitos y realidades me propongo exponer; pero el nombre “América Latina,” o “Latinoamérica,” invención de franceses o de anglosajones, se ha impuesto de tal manera, que renunciar a él, o insistir a cada paso en que al usarlo se excluye metodológicamente a Brasil, sería una complicación engorrosa y hasta pedante. Entienda, pues, el lector que a menos de advertencia expresa en sentido contrario, la América Latina de este libro es la América que habla español.

Del fracaso a la mitología compensatoria

Entre 1492 y 1975 han transcurrido casi quinientos años, medio milenio de historia.

Si nos proponemos calificar esos casi cinco siglos de historia latinoamericana en la forma más sucinta, pasando por encima de toda anécdota, de toda controversia, de toda distracción yendo al fondo de la cuestión antes de desmenuzarla, lo más certero, veraz y general que se pueda decir sobre Latinoamérica es que hasta hoy ha sido un fracaso.

Esta afirmación puede parecer escandalosa, pero es una verdad que los latinoamericanos llevamos prendida en la conciencia, que callamos usualmente por dolorosa, pero que traspasa y sale a la luz cada vez que tenemos momentos de sinceridad. Es decir que somos los mismos latinoamericanos quienes calificamos nuestra historia como una frustración. El mayor héroe de América Latina, Simón Bolívar, escribió en 1830: “He mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1. La América (Latina) es ingobernable para nosotros; 2. El que sirve una revolución ara en el mar; 3. La única cosa que se puede hacer en América (Latina) es emigrar; 4. Este país (la Gran Colombia, luego fragmentada entre Colombia, Venezuela y Ecuador) caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; 5. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6. Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América (Latina)”.

En esos seis puntos de Bolívar está condensado en su forma extrema el pesimismo latinoamericano, el extremo juicio adverso de los latinoamericanos sobre nuestra propia sociedad. Pero vale la pena subrayar que por lo menos algunas de las profecías desesperados de Bolívar se cumplieron al pie de la letra, por lo cual no se las puede atribuir únicamente al estado depresivo de un hombre envejecido, decepcionado y amargado, sino que son apreciaciones en las cuales están presentes toda la agudeza sociológica y toda la visión política de Libertador.

Desde 1830 hasta hoy se acumulan otros datos y otros puntos de diferencia, adicionales a los disponibles para Bolívar al formular su juicio sobre el futuro de Latinoamérica:

1. El éxito desmesurado de los EE.UU., en el mismo “Nuevo Mundo” y en el mismo tiempo histórico.

2. La incapacidad de la América Latina para la integración de su población en nacionalidades razonablemente coherentes y cohesiva, de donde esté, si no ausente, por lo menos mitigada la marginalidad social y económica.

3. La impotencia de la América Latina para la acción externa, bélica, económica, política, cultural, etc.; y su correspondiente vulnerabilidad a acciones o influencias extranjeras en cada una de esas áreas.

4. La notoria falta de estabilidad de las formas de las formas de gobierno latinoamericanas, salvo las fundadas en el caudillismo y la represión.

5. La ausencia de contribuciones latinoamericanos notables en las ciencias, las letras o las artes (por mas que se pueden citar excepciones, que no son sino eso).

6. El crecimiento demográfico desenfrenado, mayor que el de cualquier otra área del planeta.

7. El no sentirse Latinoamérica indispensable, o ni siquiera demasiado necesaria, de manera que en momentos de depresión (o de sinceridad) llegamos a creer que si se llegara a hundir en el océano sin dejar rastro, el resto del mundo no seria mas que marginalmente afectado.

Casi siglo y medio después de Bolívar, uno de los primeros intelectuales hispanoamericanos (Carlos Fuentes) podía escribir: “Existe (para la América Latina) una perspectiva mucho más grave: a medida que se agiganta el foso entre el desarrollo geométrico del mundo tecnocrático y el desarrollo aritmético de nuestras sociedades ancilares, Latinoamérica se convierte en un mundo prescindible para el imperialismo. Tradicionalmente hemos sido países explotados. Pronto ni esto seremos: no será necesario explotarnos, porque la tecnología habrá podido -en gran medida lo puede ya- sustituir industrialmente nuestros ofrecimientos monoproductivos. Seremos, entonces, un vasto continente de mendigos? Será la nuestra una mano tendida en espera de los mendrugos de la caridad norteamericana, europea y soviética? Seremos la India del hemisferio occidental? Será nuestra economía una simple ficción mantenida por pura filantropía?“

Como el de Bolívar, el pesimismo de Fuentes es insoportable para el amor propio latinoamericano. El mismo Fuentes pasa de esas reflexiones pavorosas al postulado de una acción revolucionaria, una ruptura indispensable para rescatar o crear una identidad latinoamericana menos lamentable, un proyecto modesto, pero propio y viable, que nos permita ser dentro del mundo, si no indispensables o distinguidos, por lo menos independientes.

En todo caso, desde Bolívar hasta Carlos Fuentes, todo latinoamericano profundo y sincero ha reconocido, al menos por momentos, el fracaso -hasta ahora- de la América Latina.

Las colectividades humanas, enfrentadas con la realización de que otros formulan proyectos endiables y los cumplen con éxito, pueden intentar la emulación, o bien el rechazo de los valores implícitos en los proyectos y los éxitos envidiados. También es posible (y este es el caso de América Latina) intentar la emulación, y al no tener el éxito esperado, refugiarse en la mitología como explicación para el fracaso e invocación mágica de un desquite futuro.




Extraído del libro "Del buen salvaje al buen revolucionario" de Carlos Rangel












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La herencia del mercantilismo español

Autor: Carlos Rangel

El monopolio, el privilegio, la restricción a la libre actividad económica de los particulares, o cualquier otra, son tradiciones profundamente arraigadas en las sociedades de origen hispánico. España prohibió el ingreso a sus dominios de América no sólo a todos que no fueran súbditos del Rey-Emperador sino inclusive en un primer momento a los españoles peninsulares no provenientes Castilla, Andalucía y Extremadura. Con estas y otras medidas, España logró crear en América una sociedad increíblemente cerrada. Humboldt encontró en Nueva España (México) criollos prominentes ignorantes de que existiesen europeos no hispanoparlantes.

Y lo que valía para las personas, valía con más razón (o sin razón) para mercaderías. Buenos Aires no tuvo derecho a ningún comercio marítimo hasta 1776, cuando se le hizo Virreinato. Hasta ese año, las importaciones y exportaciones de esta comarca atlántica estaban bajo la jurisdicción del Virreinato del Perú, lo cual significaba en la práctica que un cargamento procedente de Cádiz o Sevilla y destinado a Buenos Aires tenía que ir a Portobello, en la costa oriental de Panamá, cruzar el istmo a lomo de mula, ser transportado por el Océano Pacífico hasta Lima y de allí, de nuevo a lomo de mula traspasar la cordillera de Los Andes por La Paz, hasta la llanura y la costa del Océano Atlántico. Cuando tan inverosímil obligación fue derogada, el precio en Buenos Aires de los artículos importados bajó de un golpe a un tercio de lo que era anteriormente, y las producciones de cueros y lana de la provincia por primera vez se hicieron asequibles al comercio de exportación.

Para el ánimo mercantilista español, retrógrado (que miraba hacia la Edad Media como un modelo insuperable, y ni intuía ni aspiraba al naciente capitalismo) la actividad económica de los particulares era algo casi pecaminoso, y en todo caso despreciable y propicio a ser esquilmado a cada vuelta del camino y a cada paso de río. La alcabala permanente que todavía se encuentra en las más modernas rutas hispanoamericanas demuestra la supervivencia de esa hostilidad hispánica contra el libre tránsito de personas y mercaderías, de una desconfianza principista contra todo cuanto no estaba iniciado o por lo menos expresamente autorizado y supervisado (lo cual en la práctica quiere decir estorbado o impedido) por el Estado. En contraste, el roadblock anglosajón, que se establece provisionalmente en cualquier punto de una ruta cuando excepcionalmente hay necesidad de filtrar el tránsito, es el símbolo de la actitud diametralmente opuesta, según la cual el ciudadano es naturalmente libre, y toda restricción al libre tránsito (como toda otra restricción a cualquier otra libertad) necesita una justificación especial y un procedimiento legal y no arbitrario (1).

El mismo agente consular inglés citado anteriormente con relación a las consecuencias para el Perú de la guerra de independencia, encontraba que en 1826 el gobierno republicano de ese antiguo Virreinato español contradecía en la práctica sus declaraciones de fe en el libre comercio: "En su deseo de procurarse recursos (este gobierno) concibe que la manera más expedita de obtenerlos es agobiar con impuestos el comercio. Viejos prejuicios impiden concebir que los ingresos de un Estado puedan aumentar segura y progresivamente con el simple expediente de dejar que los comerciantes obtengan beneficios bajos, pero en transacciones numerosas; y habituados (los peruanos) a que las minas (trabajadas por siervos) rindieran una riqueza que se suponía inagotable, no se dan cuenta de que la única manera de promover un aumento en el comercio, la industria, el capital y la población (y por lo tanto en las fuentes de las finanzas públicas) es poner en práctica un sistema económico liberal. En lugar de esto vemos que el comercio en el Perú se encuentra en un estado deplorable, por culpa de un gobierno que no imagina otra manera de aumentar sus ingresos que imponer altas tasas sobre artículos de comercio, los cuales por lo tanto son de precio exorbitante. El sistema imperante pone toda clase de dificultades en el camino del comerciante honesto ("fair trader") a la vez que (estimula) el contrabando".

Todavía hoy perduran en Latinoamérica y lastran su desarrollo económico actitudes y situaciones que obstruyen la actividad económica privada conducida de buena fe, y a la vez estimulan y premian a los negociantes inescrupulosos, a los traficantes de influencias, a los sobornadores de funcionarios públicos y defraudadores del fisco. Y frente a esto la reacción espontánea del gobernante heredero de la tradición mercantilista hispánica será aumentar los controles, las restricciones, las fiscalizaciones, sin advertir que no hay ninguna razón para que haya menor proporción de gente sobornable entre los contralores que entre los controlados, de manera que con cada nuevo trámite, con cada nueva restricción crecen las probabilidades de corrupción y disminuyen las posibilidades de desenvolverse los ciudadanos sin recurrir a expedientes extraordinarios, aún para las gestiones más corrientemente necesarias, y con mucha más razón para los asuntos que implican inversión de dinero y expectativa de beneficio. El funcionario venal tendrá interés positivo en la multiplicación de requisitos, licencias de exportación y de importación, permisos especiales para todo menos para respirar y ver el paisaje. Estas obstrucciones van a ser, cada una, la ocasión de una oferta o una solicitud de soborno. Y el funcionario honesto tendrá tenencia a la vacilación, cuando no a la parálisis, por temor de que su buena disposición hacia tal o cual proyecto sea interpretada como producto de alguna oscura transacción.

(1) El desprecio por los mercaderes y por el trabajo es algo tan arraigado en las culturas hispánicas que el mismo Francisco de Miranda, tan lúcido por otra parte sobre las ventajas de la libertad sobre el despotismo, no advierte la vinculación en el desarrollo de las instituciones políticas anglosajonas entre las garantías a la propiedad privada y la estima por la industria y el comercio por una parte, y los progresos de la libertad por otra parte. Durante su permanencia en Boston en 1784, tuvo ocasión de asistir varias veces a las sesiones de la Asamblea Legislativa del Estado de Massachussets, y el espectáculo de aquellos artesanos de origen humilde ocupados con alguna torpeza en una tarea tan exaltada, tan noble, choca si no con la razón, sí con la sensibilidad hispanoamericana de Miranda, escandalizado tanto por las materias, según él intrascendentes discutidas por la Asamblea, como por su composición, lo cual no lo sorprende "si consideramos que toda la influencia dada por su Constitución a la propiedad, los diputados no deben ser por consecuencia los más sabios… ni otra cosa que gentes destituidas de principios, ni educación: uno era sastre hace cuatro años, otro posadero,… otro herrero, etc, etc". (Francisco de Miranda, Archivo (Viajes, Diarios), Caracas, Editorial Sur-América. 1929, Tomo I, p. 317). En el mismo Boston, Miranda había encontrado en Samuel Adams igual repugnancia (afortunadamente para los nacientes Estados Unidos, tan excéntrica como el jacobinismo de Adams) por la falta de nobleza de la Constitución norteamericana:

"A dos objeciones que le propuse sobre la materia, manifestó convenir conmigo: la primera fue que como en una democracia cuya base era la virtud, no se le señalaba puesto alguno a ésta, y por el contrario todas las dignidades y el poder se daban a la propiedad (ibid., p. 314).




Extraído del libro "Del buen salvaje al buen revolucionario" de Carlos Rangel












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Venezuela: la democracia latinoamericana

Autor: Carlos Rangel

Los venezolanos estamos orgullosos y aliviados por las elecciones del 4 de diciembre de 1983. Orgullosos, por ser las sextas elecciones presidenciales y legislativas que hemos celebrado en los lapsos previstos y en forma impecable, desde el establecimiento en nuestro país de una democracia moderna en 1958. Aliviados porque esa democracia demostró que podía soportar pruebas que van desde la gestión políticamente destructiva y económicamente inepta del gobierno saliente hasta el endeudamiento exterior desenfrenado de ese mismo gobierno y del anterior, seguido como en México, y con las mismas consecuencias, por la brusca reducción de ingresos causada por la debilidad del mercado petrolero a partir de 1982.

De sobra sabemos cómo las sociedades iberoamericanas han repetido monótonamente el ciclo dictadura-democracia-disensión-dictadura. El paso previo a la restauración de la dictadura ha sido siempre la erosión y finalmente la desintegración del pacto democrático forjado “para siempre” en el momento del derrocamiento de la anterior tiranía. En el caso de Venezuela esa erosión fue mínima durante los cuatro quinquenios democráticos, desde 1958 hasta 1978. En 1958, después de una dictadura militar de diez años, concurrieron a elecciones cuatro partidos. En primer lugar Acción Democrática, el partido creado en1936 por el gran estadista Rómulo Betancourt, y al cual le viene mejor el calificativo americano de Aprista que el ahora de moda de “Social Demócrata”. Este partido obtuvo en 1958 la mitad de los sufragios y la mayoria en ambas cámaras legislativas pero, en cumplimiento de un sabio convenio pre-electoral, el Presidente Betancourt formó un gobierno de coalición con el partido Demócrata Cristiano (COPEI) de Rafael Caldera y con el pártido aprista-personalista (URD) de Jóvito Villalba. Ambos, Caldera y Villalba, son otras dos grandes personalidades democráticas de la Venezuela contemporánea. Sólo fue excluído el minúsculo partido comunista, que obtuvo entonces, como ahora, sólo el dos por ciento de los votos. El primer gobierno de la actual etapa democrática venezolana sufrió en seguida un doble asalto: el de la marea de violencia terrorista y guerrillera que se desencadenó en toda Latinoamérica en emulación y por instigación de La Habana, y el de las conspiraciones militares reaccionarias, alentadas y financiadas por el dictador de la República Dominicana Rafael Leonidas Trujillo, y que incluyeron un intento de asesinato de Betancourt. La moda del fidelismo causó dos divisiones en Acción Democrática, en 1960 y en 1962; además, la ruptura del pacto democrático por parte del partido de Villalba, también embobado con Fidel Castro. Por todo esto Betancourt perdió la mayoría parlamentaria y buena parte de su base de sustentación. A pesar de sus cualidades de gran estadista, tal vez no hubiera podido afianzar la democracia y celebrar elecciones en1963 (ganadas otra vez por Acción Democrática) de no haber sido por la firmeza y clarividencia de Rafael Caldera y su partido Demócrata Cristiano al permanecer fieles al pacto democrático pre-electoral y resistir, junto con Betancourt y el núcleo aprista de AD, el asedio insurreccional y conspirativo de aquellos años.

De esa prueba surgió en Venezuela un sistema bipartidista envidiable. Lo es tanto por la existencia de dos partidos inequívocamente democráticos, capaces de alternarse en el poder y hermanados por la reciente lucha común, como por la circunstancia de que el electorado venezolano así lo ha comprendido pues desde entonces vota por esos partidos y castiga a quienes se equivocaron en la coyuntura crucial 1959-63.

En 1968 Caldera y COPEI ganaron las elecciones y se dio la primera transmisión de mando institucional a la oposición en toda la historia de la República de Venezuela. En 1973 retornó el péndulo, con la circunstancia de que, aún derrotado, el partido Demócrata Cristiano aumentó su votación, y de que ambos partidos, AD y COPEI, totalizaron cerca del 90 porciento de los votos. El mismo fenómeno (con nueva victoria de los Democristianos) se repitió cinco años más tarde y otra vez (con nueva victoria de AD) en 1983.

En Venezuela, se solía decir que “gobierno no pierde elecciones”, puesto que de haberlas (rara vez), eran fraudulentas. Ahora, desde 1968, el gobierno ha perdido cuatro elecciones consecutivas: en 1968, en 1973, en 1978 y ahora en 1983. Agreguemos a esto que el proceso está mejor organizado por un poder autónomo (el Consejo Supremo Electoral); que el gobierno derrotado admite con mayor celeridad su derrota (en diciembre de 1983 a media noche el día mismo de las elecciones); que los medios ya no esperan esa admisión de derrota para informar el resultado; en fin, y sobre todo, que el electorado venezolano se comporta cada vez de manera ejemplar y pacifica (menos del 10 por ciento de abstenciones).

Sin embargo, debajo de esta superficie en apariencia tan tersa, subyace el deterioro de la estructura política en la peor tradición iberoamericana. Por eso dije al principio que junto con estar naturalmente orgullosos de nuestras elecciones, los venezolanos estamos además aliviados porque esas elecciones han renovado la legitimidad de nuestro sistema democrático.

Durante cinco años el edificio institucional fue zarandeado como por un inverosimil terremoto. No sería justo afirmar que no había habido sacudidas anteriores con desprendimiento de alguna cornisa o de un pedazo de friso. Para Acción Democrática fue traumático perder el poder en 1968; y mucho más para COPEI en 1973. Ambos partidos estaban imbuidos por el mito de la invencibilidad electoral de los gobiernos, y a los dos les costó trabajo adaptarse a la idea de la alternabilidad. Cuando AD regresó al poder en 1973, uno de sus más importantes dirigentes me susurró con pasión: “Y ahora nunca más”. Quería decir que sabrían bloquearle el paso de allí en adelante y para siempre a COPEI. Ese mal propósito fracasó en 1968. Los demócratacristianos venezolanos, por su parte, admiran la forma como sus congéneres italianos gobernaron a su país (y en cierto modo lo siguen gobernando) durante casi cuarenta años. Ya en el quinquenio 1968-73 COPEI soñó con establecer una hegemonía duradera en Venezuela según ese esquema, pero fue sólo el gobierno ahora saliente el que se dedicó desde el primer día a intentarlo. Por todos los medios se quiso destruir o por lo menos dividir a Acción Democrática, sin reparar en que más que calcar un originalísimo esquema italiano, producto accidental de circunstancias históricas peculiares, lo que se estaba haciendo era reproducir el consternante y sempiterno canibalismo político iberoamericano.

Lo que he afirmado podría parecer temerario, si no fuera por una abrumadora acumulación de evidencias coronadas por un discurso del propio Presidente de la República, Luis Herrera Campíns, en un cónclave secreto de su partido en 1979, donde se jactó del buen progreso del plan. Ese discurso se conoció en seguida porque un periodista industrioso logró introducir una grabadora en el recinto donde tenía lugar el cónclave (versión simple); o porque alguno de los altos dirigentes demócratacristianos presentes hizo una grabación y la pasó al periodista, quien se precipitó a publicarla sin ser jamás desmentido, puesto que disponía de la cinta magnetofónica comprometedora.

Esta segunda versión menos simple me lleva a mencionar otro de los factores de desintegración que minan a la democracia venezolana como a los otros sistemas políticos iberoamericanos; el faccionalismo dentro de los partidos. Acción Democrática siempre ha tenido este problema. Rómulo Betancourt lo resolvió mediante tres divisiones de su partido. COPEI ha logrado guardar las apariencias, como los matrimonios desavenidos que no se divorcian y mantienen una apariencia de normalidad. Pero la candidatura y la presidencia de Herrera Campíns significaron el triunfo, tal vez transitorio, de la facción anti-Caldera en COPEI. Fortalecida financieramente por el usufructo del poder durante cinco años, encabezada ella también ahora por un ex-Presidente, esta facción no está dispuesta a reconocer nunca más el liderazgo único de Caldera o la hegemonía futura en COPEI del “calderismo”.

Desde la desaparición de Betancourt hace dos años, Acción Democrática tiene sus propios problemas internos. Un líder de esa talla no tiene reemplazo. El “lusínchismo” (del apellido del Presidente electo, Jaime Lusinchi) representa la gravitación natural de la masa militante y simpatizante así como de los aspirantes a burócratas, sin embargo ha quedado demostrado que en Venezuela, a diferencia de México, los presidentes no pueden señalar con el dedo al candidato de su partido y mucho menos garantizar su elección. Hoy existen en AD 4 o 5 “presidenciables” de 1988; en torno a ellos han comenzado a aglutinarse movimientos que en unos años más podrían convertirse en facciones. La imposibilidad de conducir de otra manera las pugnas por el control de las maquinarias de los partidos es otra de las facetas del subdesarrollo político de nuestros pueblos. La transacción entre los polos del dilema democraciadictadura lo representan la presidencia monárquica y el partido único mexicano, una suerte de inmovilización con virtudes sobre todo negativas.

No quiero aparecer como pesimista y aguafiestas en este momento de oleaje democrático en nuestra América. Subrayo que en Venezuela tenemos un anticuerpo poderoso contra la entropía que, en apariencia, fatalmente conduce a la desintegración acelerada o gradual de los sistemas democráticos iberoamericanos. Me refiero a una breve experiencia democrática anterior, entre 1945 y 1948.

Como tal vez saben todos quienes me leen, Venezuela tuvo con retraso su Porfirio Díaz, su caudillo telúrico rodeado de ideológos positivistas. Lo tuvo en Juan Vicente Gómez (1908-1935), cuyos herederos políticos lograron mantenerse en el poder una década más. Ese orden político se derrumbó repentinamente en octubre de1945. Se había mantenido por la invalidez política del país tras 27 años de tiranía terrorista, y por la situación peculiar creada por la Guerra Mundial contra el Eje Nazi-fascista. Los aspectos más represivos y primitivos del “gomecismo” habían sido descartados, pero el ala “liberal” de la misma oligarquía rural-militar mantenía estrecho control del sistema de poder político y económico. Sin embargo, los oficiales jóvenes de las Fuerzas Armadas profesionales creadas por Gómez hervían de impaciencia (y de ambición). En 1945 se pusieron en relación con Acción Democrática,viendo en el joven partido aprista (fundado oficialmente en 1941, tras varios años de existencia clandestina o embrionaria) la única fuerza política a la vez importante y no comprometida con la estructura de poder existente y que se proponían barrer.

En un primer momento Betancourt rehusó comprometerse en un golpe de estado militar. Junto con otros altos dirigentes de Acción Democrática trató de obtener del gobierno un compromiso firme de reforma constitucional, que desembocara en un plazo razonablemente corto en unas elecciones presidenciales y parlamentarias. Cuando el gobierno respondió desdeñosamente, quedó listo el escenario para su caída, que se produjo poco tiempo más tarde.

Rómulo Betancourt se convirtió en Presidente Provisional, pero ese primer gobierno de Acción Democrática fue derrocado en 1948 por los mismos oficiales jóvenes que le habían abierto la vía del poder en 1945. Esos mayores y capitanes (ahora coroneles) se arrepintieron de su ingenuidad política. Sentían que el astuto Betancourt los había manejado; ellos habían corrido los riesgos y Acción Democrática había logrado el poder. Las medidas reformistas apristas los habían alarmado. Los sindicatos habían surgido como hongos y su política era agresiva. Lo mismo ocurría con los militantes de AD y, por extensión, con el pueblo, el “populacho”, la “chusma”, los “negros”. Se estaban perdiendo el respeto y el temor que el uniforme militar había inspirado desde el limite más lejano de memoria de hombre hasta 1945. ¿No sería este Rómulo Betancourt después de todo un comunista agazapado? O por lo menos, ¿no sería su verdadero proyecto consolidar en Venezuela una hegemonía monopartidista indefinida, como la del PRI mexicano? Al mismo tiempo la manera democrática de dirimir conflictos abiertamente y en libertad, en la calle, en el Congreso (cuyos debates eran transmitidos por radio) o en los medios de comunicación -una manera nunca bien aclimatada en Latinoamérica, donde degenera fácilmente en denuncias truculentas, más destinadas a provocar la intervención militar contra el gobierno que a corregir vicios o a ilustrar la opinión pública- terminó por angustiar más allá de lo imaginable a una sociedad que durante cincuenta años había conocido sólo la mordaza impuesta por el caudillismo.

Betancourt era el cuarto Presidente civil en toda la historia de Venezuela. De los tres anteriores (todos antes de 1892) dos habían sido derrocados por golpes de estado militares. El quinto presidente civil, inmediatamente sucesor del Presidente Provisional Betancourt, recibió en 1947 las tres cuartas partes de los votos en la primera elección por sufragio universal, directo y secreto que se hubiera hecho jamás en el país. Se trataba de un intelectual, el novelista Rómulo Gallegos, designado candidato por AD justamente para simbolizar el rechazo al pasado y la apertura hacia un futuro distinto. Pero Gallegos no era un político. Suponía que, siendo el Presidente de la República el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, un golpe militar significaría una felonía de la cual su Ministro de Guerra no sería capaz. Bajo la breve presidencia de Gallegos el gobierno de Acción Democrática se escindió en sectas. Los partidos COPEI y URD totalmente excluidos del proceso de toma de decisiones, dieron una especie de apoyo tácito a la asonada militar, la cual ocurrió finalmente en noviembre de 1948. De este modo, en el trienio 1945-48, una situación de conflicto permanente desembocó en un golpe de estado y en una década de represión. Este fracaso marcó en una forma decisiva a los líderes que han dirigido la política desde el restablecimiento de la democracia en 1958.

Esos dirigentes se dieron cuenta de que su ineptitud o ineficiencia al no controlar el conflicto en el lapso 1945-48 había ocasionado ese costoso regreso al autoritarismo y al “gendarme necesario”. Comprendieron que la política democrática es un arte que trasciende la ideologia y, por supuesto, el sectarismo grupal fraticida. Aprendieron a valorar la convivencia, la tolerancia y la capacidad de transacción como las virtudes políticas por excelencia. El vigor de la democracia venezolana en años recientes nos hace olvidar lo frágil que antes fue. A partir de 1958 la democracia sobrevivió sobre todo porque su conservación se convirtió en la meta principal de la dirigencia política. El mayor esfuerzo se invirtió en conciliar, en no crear conflictos, no solamente en el área de la polémica interpartidista, sino también en las áreas sindical, empresarial, etc. La prioridad fue la conciliación, el aportar cada cual lo suyo para establecer la viabilidad y la legitimídad de la democracia en Venezuela. Se llegó a la conclusión de que las únicas reformas duraderas en Venezuela serían aquellas logradas por consenso dentro de un proceso democrático. La primera meta de Rómulo Betancourt, sin duda el arquitecto esencial de este proyecto político, fue comprometer a todos los factores de poder en la supervivencia de la democracia, y los requisitos de este proyecto eventualmente incluyeron garantizar el derecho a la existencia hasta a algunos que habían sido sus más enconados enemigos. El proyecto se enfrentó desde luego a un obstáculo importante y en apariencia peligroso: el rechazo violento por la extrema izquierda fidelizada. Pero al escoger esa izquierda la lucha armada, contribuyó de una manera esencial al buen funcionamiento de la “reconciliación de las élites”. Poderes como las Fuerzas Armadas, la iglesia y la oligarquía central terminaron viendo al binomio AD-COPEI como la única valla contra su liquidación histórica absoluta. Betancourt fue de una habilidad suprema en el uso de la insurrección guerrillera y terrorista para sumar hasta a los huérfanos de la tesis del “gendarme necesario” en la coalición democrática.

Para sorpresa hasta de sus más allegados y de todos los que creíamos conocerlo, el Presidente Luis Herrera Campíns introdujo en forma abrupta un estilo de gobernar totalmente distinto. Ya relaté cómo en un cónclave de su partido se jactó de estar logrando buenos resultados en el propósito de destruir a su oposición democrática (en lo que, desde luego, se equivocaba). Desde el inicio mismo de su gobierno decidió que el mandato presidencial no tenía más limitaciones que su arbitrio. En varias oportunidades declaró, como si fuera una gracia, que era un mandatario respetuoso de las leyes, de la libertad de expresión y de la actividad opositora. A una Federación empresarial que se quejó de algún atropello, respondió públicamente que, si no les gustaba su gobierno, tenían el recurso de lanzar un candidato presidencial en las siguientes elecciones. Reveló así que para él la democracia consistía en lograr ser electo presidente y después dedicarse a hacer lo que nos dé la gana hasta las siguientes elecciones. Ni Juan Vicente Gómez ni Porfirio Díaz habrían durado tanto en el poder si hubieran tenido un desprecio semejante por la opinión pública.

Un inventario de los reproches que la opinión pública comenzó a hacerle al gobierno de Luis Herrera Campíns desde que terminó (más pronto que de costumbre) la luna de miel con la nación de que disfrutan todos los nuevos gobiernos incluiría por lo menos los siguientes: desprecio hacia la opinión pública y, en especial, hacia los partidos (inclusive el partido de gobierno, COPEI) y los sindicatos; siembra deliberada de discordia nacional; intento de destruir al partido fundamental de la democracia venezolana, Acción Democrática; hostilidad en contra del sector privado de la economía; indefinición de políticas, agravada por contradiciones y disputas públicas entre ministros en su mayoría ineptos, bajo la mirada indiferente o complacida del Presidente de la República; uso del Banco Central de Venezuela como instrumento político; destrucción de la autonomía financiera y politización de la industria petrolera nacionalizada; desorden fiscal, despilfarro, endeudamiento externo e interno desenfrenado; imprevisión rayana en la ceguera ante el inminente regreso del péndulo de los precios petroleros; nepotismo; corrupción en mayor escala y más descarada que en ningún gobierno venezolano anterior.

Estos vicios fueron el origen temprano de un malestar nacional tan grande y tan palpable que ya para 1981 estaba claro que COPEI perdería las elecciones de 1983 con cualquier candidato. Lusinchi obtuvo cerca del sesenta por ciento de los votos, y puesto que Caldera superó el treinta y cinco, entre los dos superaron el noventa por ciento y aplastaron a la izquierda marxista.

Este último fenómeno se ha repetido en tres elecciones. Particularmente significativa ha sido la derrota del Movimiento al Socialismo (MAS), un partido socialista fundado hace trece años por disidentes del Partido Comunista. Este partido ha tratado de convencer al electorado venezolano de su sinceridad democrática. Sin embargo, a la vez sostiene que en Nicaragua bajo el sandinismo, hay “un clima de irrestricto respeto a las libertades públicas y al pluralismo político e ideológico” (documento conjunto de los partidos MAS y MIR, 08/09/1983). El cansancio de los venezolanos con la alternancia de malos gobiernos hizo que, en cierto momento, a mediados de 1983, la intención de voto por el MAS y por su candidato, Teodoro Petkoff, rondara el quince y el diez por ciento, respectivamente. Pero el día de las elecciones, 4 de diciembre de 1983, esos porcentajes se redujeron brutalmente en un tercio, en retroceso en relación con los resultados obtenidos por el MAS en las elecciones de 1979. El principio de la economía del voto sin duda jugó en contra de toda la izquierda marxista y por lo tanto del MAS. La intensísima campaña de Caldera seguramente acentuó la polarización AD-COPEI e indujo a votar por Lusinchi a cierto número de venezolanos que habían jugado con la idea de manifestar su descontento también contra Acción Democrática sufragando por el MAS.

Este grupo, detectado por las encuestas más allá de toda duda, cambió su intención de voto por dos razones: 1. Caldera los convenció de que tenía posibilidad real de ganar, y se espantaron ante la posibilidad de un triunfo copeyano, que hubiera significado una ausencia de reacción de la nación contra el mal gobierno de Luis Herrera Campíns; y, 2. No estuvieron nunca enteramente persuadidos de la conversión del MAS a la democracia. Y con bastantes buenas razones: los principales dirigentes de ese partido, inclusive su candidato presidencial, dieron respuestas ambiguas poco satisfactorias a preguntas que son piedras de toque: Cuba, Nicaragua, OLP, teoría de la “simetría” de los dos imperialismos, etc., y que en nuestra época sirven para saber quién es quién y dónde se está parado en política. Su actitud ante estos temas fue sin duda el factor determinante de un retroceso electoral en 1983.










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