Retrato de un perseverante

Autores: Jaime Lopera Gutiérrez y Martha Inés Bernal Trujillo

La historia dice que este hombre fracasó en los negocios y cayó en bancarrota en 1831. Fue derrotado para la Legislatura de 1832. Su prometida murió en 1835. Sufrió un colapso nervioso en 1836. Fue vencido en las elecciones de 1836 y en las parlamentarias de 1843, 1846, 1848 y 1855. No tuvo éxito en su aspiración a la Vicepresidencia en 1856, y en 1858 fue derrotado en las elecciones para el Senado.

Este hombre obstinado fue Abraham Lincoln, elegido presidente de Estados Unidos en 1860.

La lección es muy sencilla: sólo se fracasa cuando se deja de intentar.

Extraído del libro “La culpa es de la vaca” de Jaime Lopera Gutiérrez y Martha Inés Bernal Trujillo (Compiladores).












Publicación de JEGM © Copyright 2004 JEGM ®
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”
[Art. 19 - Declaración Universal de Derechos Humanos]
Comunícate con nosotros: jesusgonzalez [en] gmail.com
Los Grandes Soñadores Nunca Duermen
Big Dreamers Never Sleep
:. Caracas_Venezuela_South America .:
TODO ES CULTURA
CULTURA ES TODO

http://jesusgonzalez.blogspot.com

Los números matan las emociones

Autor: Jaime Lopera Gutiérrez

Dicen que una larga y agitada discusión entre varios ejecutivos sobre el número de dientes de un caballo terminó satisfactoriamente cuando uno de los polemistas fue al establo y contó los dientes del animal.

Nada más conveniente para respaldar una opinión que citar una estadística. Los adjetivos involucrados en una opinión no se pueden sumar, restar, ni dividir; la retórica no se puede multiplicar. Mucho menos los epítetos calificativos. Si se les utiliza adecuadamente, los números servirán para apoyar las opiniones; si no es así, estas serán das por aquellos.

Los números son herramientas, no reglas. Cabe usarlos como un respaldo de los hechos, y aun para respaldar las actitudes cuando estas quieran medirse, por ejemplo, con una encuesta de clima organizacional. Con los números y las estadísticas (bien utilizados, por cierto) tenemos a la mano un método altamente preciso para decir una verdad de manera apropiada*. Es así como los números, en medio de un debate acalorado, crean la pausa que refresca las emociones. En otras palabras, los números matan las emociones.

* Elías Ramírez Plazas. Cómo hacer investigaciones descriptivas en las empresas. Universidad Surcolombiana, 1992.

Extraído del libro "El pez grande se come al... lento" de Jaime Lopera Gutiérrez.












Publicación de JEGM © Copyright 2004 JEGM ®
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”
[Art. 19 - Declaración Universal de Derechos Humanos]
Comunícate con nosotros: jesusgonzalez [en] gmail.com
Los Grandes Soñadores Nunca Duermen
Big Dreamers Never Sleep
:. Caracas_Venezuela_South America .:
TODO ES CULTURA
CULTURA ES TODO

http://jesusgonzalez.blogspot.com

La política y el lenguaje inglés

Autor: George Orwell
Versión: Alberto Supelano


La mayoría de las personas que de algún modo se preocupan por el tema admitirían que el lenguaje va por mal camino, pero por lo general suponen que no podemos hacer nada para remediarlo mediante la acción consciente. Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje -así se argumenta- debe compartir inevitablemente el derrumbe general. Se sigue que toda lucha contra el abuso del lenguaje es un arcaísmo sentimental, así como cuando se prefieren las velas a la luz eléctrica o los cabriolés a los aeroplanos. Esto lleva implícita la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios propósitos.

Ahora bien, es claro que la decadencia de un lenguaje debe tener, en últimas, causas políticas y económicas: no se debe simplemente a la mala influencia de este o aquel escritor. Pero un efecto se puede convertir en causa, reforzar la causa original y producir el mismo efecto de manera más intensa, y así sucesivamente. Un hombre puede beber porque piensa que es un fracasado, y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el lenguaje inglés. Se ha vuelto tosco e impreciso porque nuestros pensamientos son disparatados, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos disparates. El punto es que el proceso es reversible. El inglés moderno, en especial el inglés escrito, está plagado de malos hábitos que se difunden por imitación y que podemos evitar si estamos dispuestos a tomarnos la molestia. Si nos liberamos de estos hábitos podemos pensar con más claridad, y pensar con claridad es un primer paso hacia la regeneración política: de modo que la lucha contra el mal inglés no es una preocupación frívola y exclusiva de los escritores profesionales. Volveré sobre esto y espero que, en ese momento, sea más claro el significado de lo que he dicho hasta aquí. Entre tanto, he aquí cinco especímenes del lenguaje inglés tal como se escribe habitualmente.

No elegí estos cinco pasajes porque fueran especialmente malos -podría haber citado otros mucho peores si lo hubiese querido- sino porque ilustran algunos de los vicios mentales que hoy padecemos. Están un poco por debajo del promedio, pero son ejemplos bastante representativos. Los numero para que pueda remitirme a ellos cuando sea necesario:

1. De hecho, no estoy seguro de que no sea válido decir que el Milton que alguna vez parecía no ser diferente de un Shelley del siglo XVII no se convirtiera, a partir de una experiencia siempre más amarga cada año, más ajena [sic] al fundador de esa secta jesuita que nada podía inducirlo a tolerar (Harold Laski, Ensayo sobre la libertad de expresión).

2. Por encima de todo, no podemos hacer saltar una piedra sobre el agua con una batería nativa de modismos que prescribe tolerar colocaciones egregias de vocablos como las del inglés básico "dejar que pase" en vez de "tolerar" o "dejar perdido" en vez de "desconcertar" (Profesor Lancelot Hogben, Interglossia).

3. Por una parte, tenemos la libre personalidad: por definición ésta no es neurótica, pues no tiene conflictos ni sueños. Sus deseos, tal como son, son transparentes, pues son justamente lo que la aprobación institucional mantiene en el primer plano de la conciencia; otro o institucional alteraría su número e intensidad; hay poco en ellos que sea natural, irreducible o culturalmente peligroso. Pero, por otra parte, el vínculo social no es más que el reflejo mutuo de estas integridades autoprotegidas. Recordemos la definición de amor. ¿No es éste el retrato de un académico menor? ¿Dónde hay lugar en esta sala de espejos para la personalidad o la fraternidad? (Ensayo sobre la psicología en la política, Nueva York).

4. Todas las "excelentes personas" de los clubes de caballeros, y todos los capitanes tas frenéticos, unidos en su odio común al socialismo y en el horror bestial a la marea creciente del movimiento de masas revolucionario, han recurrido a acciones provocadoras, a discursos incendiarios, a leyendas medievales de pozos envenenados, para legalizar la destrucción de las organizaciones proletarias, y para despertar en la pequeña burguesía agitada el fervor chauvinista en nombre de la lucha contra la salida revolucionaria de la crisis (Panfleto comunista).

5. Para infundir un nuevo espíritu en este vetusto país, hay que abordar una reforma espinosa y contenciosa, la de la humanización y la galvanización de la BBC. Aquí, la timidez revelará el cáncer y la atrofia del alma. El corazón de Gran Bretaña puede estar sano y latir con fuerza, por ejemplo, pero el rugido del león británico es, en el presente, como el de Berbiquí en Sueño de una noche de verano de Shakespeare, tan gentil como el arrullo de una paloma. La nueva Gran Bretaña viril no se puede seguir traduciendo indefinidamente a los ojos o, mejor, a los oídos del mundo mediante las languideces estériles de Langham Palace, disfrazadas desvergonzadamente de "inglés estándar". ¡Cuando la Voz de Gran Bretaña se escucha a las 9 en punto, es de lejos mejor e infinitamente menos ridículo escuchar haches pronunciadas honestamente que los actuales sonsonetes melifluos, afectados, inflados e inhibidos de esas doncellas virginales que murmuran tímidamente "¡Yo no fui!" (De una carta al Tribune).

Cada uno de estos pasajes tiene faltas propias, pero, además de la fealdad evitable, tienen dos cualidades comunes. La primera, las imágenes trilladas; la segunda, la falta de precisión. El escritor tiene un significado y no puede expresarlo, o dice inadvertidamente otra cosa, o le es casi indiferente que sus palabras tengan o no significado. Esta mezcla de vaguedad y clara incompetencia es la característica más notoria de la prosa inglesa moderna, y en particular de toda clase de escritos políticos. Tan pronto se tocan ciertos temas, lo concreto se disuelve en lo abstracto y nadie parece capaz de emplear giros del lenguaje que no sean trillados: la prosa emplea menos y menos palabras elegidas a causa de su significado, y más y más expresiones unidas como las secciones de un gallinero prefabricado. A continuación enumero, con notas y ejemplos, algunos de los trucos mediante los que se acostumbra evadir la tarea de componer la prosa:

Metáforas moribundas. Una metáfora que se acaba de inventar ayuda al pensamiento evocando una imagen visual, mientras que una metáfora técnicamente "muerta" (por ejemplo, "una férrea determinación") se ha convertido en un giro ordinario y por lo general se puede usar sin pérdida de vivacidad. Pero entre estas dos clases hay un enorme basurero de metáforas gastadas que han perdido todo poder evocador y que se usan tan sólo porque evitan a las personas el problema de inventar sus propias frases. Veamos algunos ejemplos: "doblar las campanas por", "blandir el garrote", "mantener a raya", "pisotear los derechos ajenos", "marchar hombro a hombro", "hacerle la jugada a", "no casar pelea", "echar grano al molino", "pescar en río revuelto", "al orden del día", "el talón de Aquiles", "canto del cisne", "estercolero". Muchas de ellas se usan sin saber su significado (¿qué es una "fisura", por ejemplo?) y muchas veces se mezclan metáforas incompatibles, un signo seguro de que el escritor no está interesado en lo que dice. Algunas metáforas que hoy son comunes se han alejado de su significado original sin que quienes las usan sean conscientes de ese hecho. Por ejemplo, "mantener a raya" a veces se confunde con "trazar la raya". Otro ejemplo es el del martillo y el yunque, que hoy siempre se usa con la implicación de que el yunque recibe la peor parte. En la vida real es siempre el yunque el que rompe el martillo, nunca al contrario: un escritor que se detuviese a pensar en lo que está diciendo evitaría ir la expresión original.

Operadores o extensiones verbales falsas. Éstas evitan el problema de elegir los verbos y sustantivos apropiados, y al mismo tiempo atiborran cada oración con sílabas adicionales que le dan una apariencia de simetría. Algunas expresiones características son "volver no operativo", "militar contra", "hacer contacto con", "estar sujeto a", "dar lugar a", "dar pie a", "tener el efecto de", "cumplir un papel (rol) principal en", "hacerse sentir", "surtir efecto", "exhibir la tendencia a", "servir el propósito de", etc. El principio básico es eliminar los verbos simples. En vez de una sola palabra, como romper, detener, despojar, remendar, matar, un verbo se convierte en una frase, formada por un sustantivo o un adjetivo unido a un verbo de propósito general, como resultar, servir, formar, desempeñar, volver. Además, dondequiera que es posible, se prefiere usar la voz pasiva a la voz activa, y construcciones sustantivadas en vez de gerundios ("mediante el examen" en vez de "examinando"). La gama de verbos se restringe aún más usando formas verbales que terminan en "izar" o empiezan con "des", y se da a las afirmaciones triviales una apariencia de profundidad empleando expresiones que empiezan por "no" en vez de usar el prefijo "in", como "no fundado" en vez de "infundado". Las conjunciones y preposiciones simples se sustituyen por expresiones tales como "con respecto a", "teniendo en consideración que", "el hecho de que", "a fuerza de", "en vista de", "en interés de", "de acuerdo con la hipótesis según la cual"; y se evita terminar las oraciones con un anticlímax mediante lugares comunes tan resonantes como "tan deseado", "no se puede dejar de tener en cuenta", "un desarrollo que se espera en el futuro cercano", "merecedor de seria consideración", "llevado a una conclusión satisfactoria", etcétera.

Dicción pretenciosa. Palabras como fenómeno, elemento, individual (como sustantivo), objetivo, categórico, efectivo, virtual, básico, primario, promover, constituir, exhibir, explotar, utilizar, eliminar, liquidar, se usan para adornar una afirmación simple y dar un tono de imparcialidad científica a juicios sesgados. Adjetivos como época, épico, histórico, inolvidable, triunfante, antiguo, inevitable, inexorable, verdadero, se usan para dignificar el sórdido proceso de la política internacional, mientras que los escritos que glorifican la guerra adoptan un tono arcaico, y sus palabras características son: dominio, trono, carroza, mano armada, tridente, espada, escudo, coraza, bota militar, clarín. Se usan palabras y expresiones extranjeras, como "cul de sac", "ancien régime", "deus ex machina", "mutatis mutandis", "statu quo", "Gleichschaltung", "Weltanschauung" para dar un aire de cultura y elegancia. Salvo las abreviaturas útiles "i. e.", "e. g.", y "etc.", no hay ninguna necesidad real de tantos centenares de locuciones extranjeras que hoy son corrientes en el lenguaje inglés. Los malos escritores, en especial los escritores científicos, políticos y sociológicos, casi siempre están obsesionados por la idea de que las palabras latinas o griegas son más grandiosas que las sajonas, y palabras innecesarias como expedito, mejorar, predecir, extrínseco, desarraigado, clandestino, subacuático y otros cientos más ganan terreno sobre las anglosajonas. La jerga peculiar de los escritos marxistas (hiena, verdugo, caníbal, pequeño burgués, estos hidalgos, lacayo, adulador, perro rabioso, guardia blanco, etc.) está integrada por palabras traducidas del ruso, el alemán o el francés; pero la manera normal de acuñar una nueva palabra es usar la raíz latina o griega con la partícula apropiada y, donde sea necesario, el sufijo de tamaño. A menudo es más fácil formar palabras de esta clase (desregionalizar, impermisible, extramarital, no fragmentario, etc.) que pensar palabras inglesas que tengan ese significado. En general, el resultado es un aumento de la dejadez y la vaguedad.

Palabras sin sentido. En ciertos escritos, en particular los de crítica de arte y de crítica literaria, es normal encontrar largos pasajes que carecen casi totalmente de significado. Palabras como romántico, plástico, valores, humano, muerto, sentimental, natural, vitalidad, tal como se usan en crítica de arte, son estrictamente un sinsentido, por cuanto no sólo no señalan un objeto que se pueda descubrir, sino que ni siquiera se espera que el lector lo descubra. Cuando un crítico escribe "El rasgo sobresaliente de la obra del señor x es su cualidad vital", mientras que otro escribe "Lo que atrae de inmediato la atención en la obra del señor x es su tono mortecino peculiar", el lector acepta esto como una simple diferencia de opinión. Si se emplearan palabras como "negro" y "blanco", en vez de los términos de jerga "vida" y "muerte", se vería en seguida que el lenguaje se está usando de manera impropia. Se abusa asimismo de muchos términos políticos. El término mo hoy no tiene ningún significado excepto en cuanto significa "algo no deseable". Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen varios significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia, no sólo no hay una definición aceptada sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen pretenden que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un significado. A menudo se emplean palabras de este tipo en forma deliberadamente deshonesta. Es decir, la persona que las usa tiene su propia definición privada, pero permite que su oyente piense que quiere decir algo bastante diferente. Declaraciones como "El mariscal Petain era un verdadero patriota", "La prensa soviética es la más libre del mundo", "La Iglesia católica se opone a la persecución" casi siempre tienen la intención de engañar. Otras palabras que se emplean con significados variables, en la mayoría de los casos con mayor o menor deshonestidad son: clase, totalitario, ciencia, progresista, reaccionario, burgués, igualdad.

Después de haber expuesto este catálogo de estafas y perversiones, permítanme dar otro ejemplo del tipo de escritura que lleva a ellas. Esta vez su naturaleza debe ser imaginaria. Voy a traducir un pasaje de buen inglés en inglés moderno de la peor especie. He aquí un verso muy conocido del Eclesiastés:

Retorné y vi que bajo el sol la carrera no es de los veloces, ni la batalla de los fuertes, ni el pan para el sabio, ni las riquezas para los hombres de conocimiento, ni el favor para los capaces; sino que el tiempo y la oportunidad acontecen a todos ellos.

Helo aquí en inglés moderno:

Las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos obligan a concluir que el éxito o el fracaso en las actividades competitivas no exhibe ninguna tendencia conmensurable con la capacidad innata, sino que es un notable elemento de que lo imprevisible debe tenerse invariablemente en cuenta.

Ésta es una parodia, pero no muy tosca. El numeral 3, por ejemplo, contiene varios retazos de ese mismo tipo de inglés. Verán que no hice una traducción completa. El principio y el final de la frase siguen el sentido original muy de cerca, pero en el medio las ilustraciones concretas -carrera, batalla, pan- se disuelven en expresiones vagas como "éxito o fracaso en las actividades competitivas". Esto tenía que ser así, porque ninguno de los escritores modernos que estoy examinando -ninguno capaz de usar frases como "las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos"- expresaría sus pensamientos en esa forma tan precisa y detallada. La tendencia general de la prosa moderna es alejarse de la concreción. Ahora analicemos estas dos oraciones un poco más de cerca. La primera consta de 51 palabras y sólo 86 sílabas, y todas sus palabras se usan en la vida cotidiana. La segunda consta de 44 palabras y 108 sílabas: muchas de ellas tienen raíz latina y algunas griega. La primera frase contiene seis imágenes vívidas, y sólo una expresión ("tiempo y oportunidad") que se puede llamar vaga. La segunda no contiene ni una sola expresión fresca, llamativa, y a pesar de sus más de 100 sílabas sólo da una versión recortada del significado de la primera. Y es sin una duda el segundo tipo de expresiones el que está ganando terreno en el inglés moderno. No quiero exagerar. Este tipo de escritura no es aún universal, y los brotes de simplicidad aparecen aquí y allá en la página peor escrita. Sin embargo, si a usted o a mí nos pidieran que escribiéramos unas líneas sobre la incertidumbre del destino humano, es probable que estuviéramos más cerca de mi frase imaginaria que del Eclesiastés. Como he intentado mostrar, lo peor de la escritura moderna no consiste en elegir las palabras a causa de su significado e inventar imágenes para hacer más claro el significado. Consiste en pegar largas tiras de palabras cuyo orden ya fijó algún otro, y hacer presentables los resultados mediante una trampa. El atractivo de esta forma de escritura es que es fácil. Es más fácil -y aun más rápido, una vez se tiene el hábito- decir "En mi opinión no es un supuesto injustificable" que decir "Pienso". Si usted usa frases hechas, no sólo no tiene que buscar las palabras; tampoco se debe preocupar por el ritmo de las oraciones, puesto que por lo general ya tienen un orden más o menos eufónico. Cuando se redacta de prisa -cuando se dicta a un taquígrafo, por ejemplo, o se hace un discurso público- es natural caer en un estilo latinizado y pretencioso. Muletillas como "una consideración que debemos tener en mente" o "una conclusión con la que todos estaríamos de acuerdo" ahorran a muchos una expresión cuya construcción les produciría un síncope. El empleo de metáforas, símiles y modismos trillados ahorra mucho esfuerzo mental, a costa de que el significado sea vago, no sólo para el lector sino también para el que escribe. Ésta es la importancia de la mezcla de metáforas. El único fin de una metáfora es evocar una imagen visual. Cuando estas imágenes chocan -como "El pulpo ta cantó la canción del cisne", "la bota militar fue arrojada al crisol"- se puede dar por cierto que el autor no está viendo la imagen mental de los objetos que está nombrando; en otras palabras, que no está pensando realmente. Veamos de nuevo los ejemplos que presenté al comienzo de este ensayo. El profesor Laski (1) usa cinco negativos en 54 palabras. Uno de éstos es superfluo y quita sentido a todo el pasaje, y además hay un desliz -ajeno por afín- que agrava el sinsentido, y varias muestras evitables de torpeza que aumentan la vaguedad general. El profesor Hogben (2) hace saltar una piedra en el agua con una batería capaz de prescribir reglas, y, al tiempo que desaprueba la expresión cotidiana que utiliza, no está dispuesto a buscar "egregio" en el diccionario para ver qué significa; (3), si se adopta una actitud poco caritativa, simplemente carece de sentido: tal vez se podría desentrañar su significado intencional leyendo todo el artículo en el que aparece. En (4) el autor sabe más o menos lo que quiere decir, pero la acumulación de frases trilladas ahoga el sentido como la hojas de té obstruyen un lavaplatos. En (5) las palabras y el significado casi no guardan relación. La gente que escribe de esta manera manifiesta un significado emocional general -detesta una cosa y quiere expresar solidaridad con otra- pero no está interesada en los detalles de lo que está diciendo. En cada oración que escribe, un escritor cuidadoso se hace al menos cuatro preguntas, a saber:

¿Qué intento decir?

¿Qué palabras lo expresan?

¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?

¿Esta imagen es suficientemente nueva para producir efecto?


Y quizá se haga dos más:

¿Puedo ser más breve?

¿Dije algo evitablemente feo?


Pero usted no está obligado a encarar todo este problema. Puede evadirlo dejando la mente abierta y permitiendo que las frases hechas lleguen y se agolpen. Ellas construirán las oraciones por usted -y, hasta cierto punto, incluso pensarán sus pensamientos por usted- y si es necesario le prestarán el importante servicio de ocultar parcialmente su significado, aun para usted mismo. A estas alturas, la conexión especial entre política y degradación del lenguaje se torna clara.

En nuestra época es una verdad general que los escritos políticos son malos escritos. Cuando no es así, el escritor es algún rebelde que expresa sus opiniones privadas y no la "línea del partido". La ortodoxia, cualquiera que sea su color, parece exigir un estilo imitativo y sin vida. Los dialectos políticos que aparecen en panfletos, artículos editoriales, manifiestos, libros blancos y discursos de los subsecretarios varían, por supuesto, entre un partido y otro, pero todos se asemejan en que casi nunca emplean giros de lenguaje nuevos, vívidos, hechos en casa. Cuando un escritorzuelo repite mecánicamente frases trilladas en la tribuna -"bestial", "atrocidades", "talón de hierro", "tiranía sangrienta", "pueblos libres del mundo", "marchar hombro a hombro"- se tiene el extraño sentimiento de no estar viendo a un ser humano vivo sino a una especie de maniquí: un sentimiento que se torna más intenso en los momentos en que la luz ilumina los anteojos del orador y se ven como discos vacíos detrás de los cuales no parece haber ojos. Y esto no es del todo imaginario. Un orador que emplea esa fraseología ha tomado distancia de sí mismo y se ha convertido en una máquina. De su laringe salen los ruidos apropiados, pero su cerebro no está comprometido como lo estaría si eligiese sus palabras por sí mismo. Si el discurso que está haciendo es un discurso que acostumbra hacer una y otra vez, puede ser casi inconsciente de lo que está diciendo, como quien entona letanías en la iglesia. Y este reducido estado de conciencia, aunque no es indispensable, es de todos modos favorable para la conformidad política.

En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. Cosas como "la continuación del dominio británico en la India", "las purgas y deportaciones rusas", "el lanzamiento de las as atómicas en Japón", se pueden defender, por cierto, pero sólo con argumentos que son demasiado brutales para la mayoría de las personas, y que son incompatibles con los fines que profesan los partidos políticos. Por tanto, el lenguaje político está plagado de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. Se ardean poblados indefensos desde el aire, sus habitantes son arrastrados al campo por la fuerza, se abalea al ganado, se arrasan las chozas con balas incendiarias: y a esto se le llama "pacificación". Se despoja a millones de campesinos de sus tierras y se los lanza a los caminos sin nada más de lo que puedan cargar a sus espaldas: y a esto se le llama "traslado de población" o "rectificación de las fronteras". Se encarcela sin juicio a la gente durante años, o se le dispara en la nuca o se la manda a morir de escorbuto en los campamentos madereros del Ártico: y a esto se le llama "eliminación de elementos no dignos de confianza". Dicha fraseología es necesaria cuando se quiere nombrar las cosas sin evocar sus imágenes mentales.

Veamos, por ejemplo, a un cómodo profesor inglés que defiende el totalitarismo ruso. No puede decir francamente: "Creo en el asesinato de los opositores cuando se pueden obtener buenos resultados asesinándolos". Por consiguiente, quizá diga algo como esto:

Aunque aceptamos libremente que el régimen soviético exhibe ciertos rasgos que un humanista se inclinaría a deplorar, creo que debemos aceptar que cierto recorte de los derechos de la oposición política es una consecuencia inevitable de los períodos de transición, y que los rigores que el pueblo ruso ha tenido que soportar han sido ampliamente justificados en la esfera de las realizaciones concretas.

El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, borra los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse. En nuestra época no es posible "mantenerse alejado de la política". Todos los problemas son problemas políticos, y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia. Cuando la atmósfera general es perjudicial, el lenguaje debe padecer. Podría conjeturar -una suposición que no puedo confirmar con mis insuficientes conocimientos- que los lenguajes alemán, ruso e italiano se deterioraron en los últimos diez o quince años como resultado de la dictadura.

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento. Un mal uso se puede difundir por tradición e imitación aun entre personas que deberían saber y obrar mejor. El lenguaje degradado que he examinado es, en cierta forma, muy conveniente. Expresiones como "un supuesto no injustificable", "una consideración que siempre debemos tener en mente", dejan mucho que desear, no cumplen un buen propósito, son una tentación continua, una caja de aspirinas siempre al alcance de la mano. Relea este ensayo, y con toda seguridad encontrará que una y otra vez he cometido las mismas faltas contra las que he protestado. En el correo de esta mañana recibí un panfleto sobre las condiciones en Alemania. El autor me decía que se "sintió impelido" a escribirlo. Lo abrí al azar y ésta es la primera frase que leí: " [Los Aliados] no sólo tienen la oportunidad de lograr una transformación radical de la estructura social y política de Alemania de tal manera que eviten una reacción nacionalista en la misma Alemania, sino que al mismo tiempo pueden sentar los fundamentos de una Europa cooperativa y unificada". Cuando se lee que se "sintió impelido" a escribir es de presumir que tiene algo nuevo que decir, pero sus palabras, como corceles de caballería que responden al clarín, se juntan automáticamente en una alineación monótonamente familiar. Esta invasión de la mente por frases hechas ("sentar los fundamentos", "lograr una transformación radical") sólo se puede evitar si se está continuamente en guardia contra ellas, y cada una de esas frases anestesia una parte del cerebro.

Dije antes que la decadencia de nuestro lenguaje es remediable. Quienes lo niegan argumentarían, en caso de que pudieran elaborar un argumento, que el lenguaje simplemente refleja las condiciones sociales existentes, y que no podemos influir en su desarrollo directamente, jugando con palabras y construcciones. Así puede suceder con el tono o espíritu general de un lenguaje, pero no es verdad para sus detalles. Las palabras y las expresiones necias suelen desaparecer, no mediante un proceso evolutivo sino a causa de la acción consciente de una minoría. Dos ejemplos recientes: "explorar todas las avenidas" y "no dejar piedra sobre piedra", que fueron liquidadas por las burlas de algunos periodistas. Hay una larga lista de metáforas corruptas que también desaparecerían si un buen número de personas se empeñara en esa tarea; y debería ser posible burlarse de la expresión "no informe" hasta que deje de existir, reducir la cantidad de latín y griego en la frase promedio, excluir las locuciones extranjeras y las palabras científicas erróneas, y, en general, lograr que el tono pretencioso pase de moda. Pero todos éstos son puntos menores. La defensa del lenguaje inglés implica más que esto, y quizás es mejor empezar diciendo lo que no implica.

Para empezar, nada tiene que ver con el arcaísmo, con la preservación de palabras y giros obsoletos del lenguaje, ni con la exaltación de un "inglés estándar" del que nunca deberíamos apartarnos. Por el contrario, se trata de desechar toda palabra o modismo que se ha desgastado y perdido su utilidad. Nada tiene que ver con la gramática ni con la sintaxis correctas, que carecen de importancia cuando se expresa claramente el significado, ni con la eliminación de los americanismos, ni con tener lo que se denomina una "buena prosa". Por otra parte, no se trata de fingir una falsa simplicidad ni de escribir en inglés coloquial. Ni siquiera implica preferir en todos los casos la palabra sajona a la latina, aunque sí implica usar el menor número de palabras, y las más breves, que cubra el significado. Lo que se necesita, por encima de todo, es dejar que el significado elija la palabra y no al revés. En prosa, lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse a ellas.

Cuando usted piensa en un objeto concreto, piensa sin palabras, y luego, si quiere describir lo que ha visualizado, quizá busque hasta encontrar las palabras exactas que concuerdan con ese objeto. Cuando piensa en algo abstracto se inclina más a usar palabras desde el comienzo, y salvo que haga un esfuerzo consciente para evitarlo, el dialecto existente vendrá de golpe y hará la tarea por usted, a expensas de confundir e incluso alterar su significado. Quizá sea mejor que evite usar palabras en la medida de lo posible y logre un significado tan claro como pueda mediante imágenes y sensaciones. Después puede elegir -y no simplemente aceptar- las expresiones que cubran mejor el significado, y luego ponerse en el lugar del lector y decidir qué impresiones producen en él las palabras que ha elegido. Este último esfuerzo de la mente suprime todas las imágenes desgastadas o confusas, todas las frases prefabricadas, las repeticiones innecesarias, y las trampas y vaguedades. Pero a menudo usted puede tener dudas sobre el efecto de una palabra o una expresión, y necesita reglas en las que pueda confiar cuando falla el instinto. Pienso que las reglas siguientes cubren la mayoría de los casos:

Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical que suela ver impresa.

Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta.

Si es posible suprimir una palabra, suprímala.

Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa.

Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano.

Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir un barbarismo.


Estas reglas parecen elementales, y lo son, pero exigen un profundo cambio de actitud en todos aquellos que se han acostumbrado a escribir en el estilo que hoy está de moda. Uno puede cumplir todas ellas y aun así escribir un mal inglés, pero no podría escribir el tipo de banalidades que cité en esos cinco especímenes al comienzo de este artículo.

Aquí no he examinado el uso literario del lenguaje, tan sólo el lenguaje como instrumento para expresar y no para ocultar o evitar el pensamiento. Stuart Chase y otros han llegado a pretender que todas las palabras abstractas carecen de sentido, y han usado esto como pretexto para defender una especie de quietismo político. Si no sabe qué es el mo, ¿cómo puede luchar contra el mo? Uno no tiene que tragarse absurdos como éste, pero ha de reconocer que el actual caos político está ligado a la decadencia del lenguaje y que quizá puede aportar alguna mejora empezando por el aspecto verbal. Si simplifica su inglés, se libera de las peores tonterías de la ortodoxia. No puede hablar ninguno de los dialectos necesarios, y cuando haga un comentario estúpido su estupidez se tornará obvia, aun para usted mismo. El lenguaje político -y, con variaciones, esto es verdad para todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas- es construido para lograr que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento. Uno no puede cambiar esto en un instante, pero puede cambiar los hábitos personales, y de vez en cuando puede incluso, si se burla en voz bastante alta, lanzar alguna frase trillada e inútil -alguna bota militar, un talón de Aquiles, un crisol, una prueba ácida, un verdadero infierno, o algún otro desecho o residuo verbal- a la basura, al lugar a donde pertenece.

Publicado en 1946, este ensayo de George Orwell es un clásico del pensamiento político y la literatura del siglo XX. Poco traducido por sus dificultades intrínsecas, lo presentamos a los lectores en una nueva y luminosa versión de Alberto Supelano.












Publicación de JEGM © Copyright 2004 JEGM ®
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”
[Art. 19 - Declaración Universal de Derechos Humanos]
Comunícate con nosotros: jesusgonzalez [en] gmail.com
Los Grandes Soñadores Nunca Duermen
Big Dreamers Never Sleep
:. Caracas_Venezuela_South America .:
TODO ES CULTURA
CULTURA ES TODO

http://jesusgonzalez.blogspot.com

El placer que no tiene fin

Autor: William Ospina

Hay un relato de Ray Bradbury en el cual, tiempo después de la era industrial y de las grandes guerras tecnológicas, la humanidad sobreviviente ha prohibido el recuerdo del pasado que obró tantas destrucciones sobre la naturaleza y sobre la vida.

En el presente de esa historia, lo que antes eran los grandes lagos norteamericanos es ahora un profundo cañón de llanuras polvorientas al que llaman El Abismo de Chicago. No existen ya pantallas luminosas ni prodigios tecnológicos, y aunque está prohibido hablar del pasado, hay un niño cuya fascinación es ir a un parque donde un anciano furtivamente le cuenta cómo era el mundo antes de la gran catástrofe, cuando había árboles y pájaros, cuando había supermercados y salas de cine. El anciano evoca, como espléndidas cosas perdidas, incluso esas cajetillas de cartulina donde venían empacados los haces de cigarrillos, el transparente papel celofán en que las envolvían y esa delgada cinta roja a preciso retirar para rasgar el celofán y dejar libre el contenido. En esas pequeñas precisiones es posible advertir la principal característica de Bradbury, que es la nostalgia del presente. Él es uno de los pocos norteamericanos del siglo xx que pudo percibir la fragilidad de su mundo y temer que tantos inventos hijos de la técnica pudieran ser destruidos por la técnica misma, y ser alguna vez sólo menguantes recuerdos. Pero es también alguien consciente de que la capacidad de soñar de los seres humanos sobrevivirá a todo, y también la capacidad de compartir esos sueños.

Algo que subyace en la fantasía de Bradbury es la conciencia de que tal vez no hay nada más fascinante para un niño que alguien que sepa contar historias. Lo que no puede nunca la disciplina lo puede fácilmente el lenguaje: mantener a unos niños inmóviles durante largo tiempo. Y hay un misterio en esa inmovilidad de la infancia. Ahora hay aparatos casi mágicos que logran inmovilizar a los niños proyectando frente a ellos toda suerte de espectáculos, pero ése es un milagro menor. Más admirable es la magia de quien es capaz de pronunciar palabras que les permitan a los niños ver lo que no está frente a ellos, que haga relampaguear en sus ojos hechos y criaturas que son apenas un hilo de voz, un relato.

Tantos esfuerzos de los grandes laboratorios cinematográficos por construir monstruos, por tejer selvas, por animar dragones, por hacer mover a los héroes en la pantalla, y todo eso lo puede lograr, sin más recursos que su voz, un buen narrador. Por supuesto, ahora los niños, muchos niños al menos, tienen la fortuna de que haya enormes laboratorios invirtiendo fortunas en la invención de sus historias fantásticas, de que la televisión y el cine, y más recientemente la industria informática, dediquen tantos esfuerzos y talento a la construcción de sus espectáculos luminosos y sonoros.

Pero, fiel a Bradbury, yo quisiera hablar ahora de una posibilidad entre tantas, de un remoto futuro cuando por algún azar pueda no haber en el mundo laboratorios de cine produciendo grandes milagros de animación, ni fábricas de juegos de video, ni poderosas productoras de televisión proyectando la misma historia para millones de personas, sino otra vez niños inmóviles en la oscuridad escuchando esa voz que nunca se ha apagado y que no se apagará mientras exista el ser humano, esa voz que cuenta bajo las estrellas historias fantásticas de seres invisibles y de magos temibles, de genios prisioneros y de mercaderes astutos, de caballos que vuelan y de dragones que cantan.

¿Por qué insistir en la extraña y cruel fantasía de que esas cosas excelentes puedan desaparecer? Bueno, porque la experiencia y la imaginación del siglo xx nos enseñaron a pensar que no todo sale como se piensa, que a veces es posible que las cosas salgan mal, que la industria no crezca ilimitadamente proveyendo felicidad a todos los seres humanos, y que en alguna parte pueda haber alguien, un niño, o unos pocos, o muchos, que lleguen a necesitar, por su aislamiento, o por su pobreza, o por algún e de la civilización, un sistema de transmisión de la fantasía menos sofisticado. Pero no, no es eso: es que ya hoy la mayor parte de los niños del mundo no tienen acceso a esos bienes fabulosos de la técnica. No ha sido necesaria la muerte de la civilización tecnológica para que incontables seres humanos no puedan participar de ella. Pero aunque todas esas pantallas, esos estudios y esas factorías desaparecieran, o no estén en condiciones de proveer sus magníficas máquinas de sueños a tanta humanidad necesitada de soñar, todavía nos queda el consuelo de que los niños serán siempre perfectamente capaces de ver lo que no está ante ellos, lo que no es más que el hilo de un relato, lo que apenas una voz cálida y amorosa, paciente y protectora, les vaya contando.

Me gusta imaginar esto por otra razón. Porque en la antigüedad no importaban solamente las historias que los niños siempre supieron ver de esa forma mágica, sino que importaba también la atmósfera en que esas historias se oían, la persona que las relataba, el ritmo en que los hechos eran narrados. El relato, con sus correspondientes visiones, era también un tipo de relación entre las personas.

Contar historias a los niños es una de las más poderosas maneras de expresar el amor que se siente por ellos. Los niños no sólo oyen la historia, también sienten que alguien se las está contando. Ese hecho es importante, porque uno de los frutos de esa magia fue siempre el amor y la gratitud que los niños sienten por esos seres que les hechizan sus noches, y yo puedo dar fe de que es uno de los afectos más duraderos que existan. Desaparecen las personas, se borra incluso el recuerdo de su rostro, y sin embargo no se apaga nunca el hilo cordial de esa voz que sigue arrullando los sueños, que sigue avivando la imaginación, que sigue despertando en nosotros una inagotable simpatía por lo humano.

Esa misma dulzura, esa misma gratitud, la saben despertar los más curiosos objetos que la humanidad ha inventado para compartir y transmitir sus historias: los libros. Siempre recuerdo que Borges, lector agradecido desde su infancia, sentía como amigos personales a los autores que había leído en la biblioteca de su padre, y siempre habló de ellos como de seres con quienes hubiera tratado personalmente, viejos interlocutores. No sé si esa amistad la sepan despertar los pródigos objetos, las pantallas locuaces que ahora hemos fabricado para que cuenten las historias, pero lo dudo. Tal vez ahora se consigue el propósito de dar relatos fabulosos a los niños, y a los grandes, pero no de producir en ellos la conciencia de que éste es un cálido don que alguien nos entrega. Ese carácter misterioso de los libros es una de las primeras cosas que hay que interrogar, porque a pesar de ser objetos, logran transmitir la calidez de las personas, establecen un diálogo, influyen sin abrumar, relatan sin avasallar la conciencia, saben seguir el ritmo que el lector les imponga, saben hablar y saben callar, y guardan sus tumultos tremendos en un silencioso lugar de los estantes hasta el momento en que sea el lector quien los solicite.

Pero los libros, por decirlo así, competían desfavorablemente con esa voz cálida y personal que en tiempos antiguos, o sea, en la primera edad de todos los seres humanos, era el rumor mismo de la imaginación. Cuando, en la segunda mitad del siglo xix, Alicia se perdió por los sueños detrás de un conejo que miraba insistentemente su reloj, ya había pronunciado una de las frases más típicas de nuestra época: ¿de qué sirve un libro sin ilustraciones? Lewis Carroll, el autor de aquel relato, fue consciente de que esa misma historia que él les contaba a sus amigas en las tardes de verano de Inglaterra era verbalmente tan intensa, que al convertirse en sólo palabras escritas perdía un poco de su poder, parecía necesitar de algo más para cautivar inicialmente la atención de los niños. La tradición es sabia, y nunca hubo mejor compañía para las palabras abstractas, que invocan contínuamente a la imaginación, que ese juego de imágenes sugestivas, las ilustraciones, que en lugar de competir con los textos, en lugar de repetir minuciosamente todo lo que éstos ofrecen, son una atmósfera mágica añadida a ellos, un fragmento del mundo de los sueños dando unas pautas iniciales a la imaginación.

Es bueno preguntarse si para la conciencia profunda del ser humano tiene alguna importancia sentir de dónde nos llega esa dádiva de fantasías y de historias conmovedoras. Si en la labor inicial de despertar la fantasía, de alimentar la capacidad de soñar, de producir los primeros asombros y los primeros es, es importante reconocer la fuente de esas emociones. Porque en ninguna actividad humana es bueno que esté ausente la calidez de lo humano. En una época en la que tendemos a estar separados de los demás de tantas maneras distintas, en que la vieja costumbre de la proximidad de los cuerpos parece volverse algo temible, en que parece mucho más fácil establecer comunicación con alguien si se encuentra a mares de distancia que si está junto a nosotros, es importante distinguir entre los objetos que realzan la importancia de quien los usa y los objetos que subordinan a los seres humanos hasta hacerlos casi indiferentes. Hay objetos que nos comunican con el mundo y objetos que nos aíslan. Hay objetos que saben respetar nuestro ritmo y objetos que nos imponen el suyo. Hay objetos que nos hacen desdeñar o rechazar lo que está cerca, y en cambio le conceden siempre la prioridad a lo que está lejos. Y algunos de esos objetos amenazan, diría yo, con convertirnos en esquivos animales de sangre fría.

Hablaba también de la importancia del ritmo en que nos llegan las historias. No hay ritmo que esté tan cerca de nuestras experiencias profundas y, diría yo, de toda nuestra vida anímica, como el orden corriente del lenguaje. El cine es un arte deslumbrante que cuenta cosas de un modo muy eficaz y muy rápido, pero para ello tiene que limitar su duración en el tiempo, y son muy pocas las personas que soportan más de una película de hora y media por día, porque su condensación y su velocidad casi exceden nuestra capacidad de asimilarla. Las técnicas de la época juegan en muchos campos distintos al curioso juego de acelerarlo todo, de cortejar la fragmentación, de orillar el vértigo. Si son los lenguajes de la época, por algo será, y no me cabe duda del placer que producen. Conozco niños de 10 años que no sólo disfrutan viendo The Matrix, y la entienden (cosa que requiere, si ello existe, verdadera inteligencia moderna), sino que tienen culto por esa película, la han visto muchas veces y conocen todos sus rincones y sus movimientos como un taxista conoce una ciudad o un músico una sinfonía.

Pero puedo advertir que se trata de buenos lectores, y que seguramente tienen esa capacidad de percepción y de comprensión porque han sabido recibir previamente la lección del lenguaje y el don de la fantasía de un modo más lento, más eficaz y más cálido. Y si bien quien tiene 10 años también puede deleitarse escuchando la voz que narra las historias, es muy probable que su formación en este sentido ya haya conquistado lo principal, y que ya esté cómodamente instalado en esa otra felicidad que es la lectura.

Yo diría que la principal diferencia entre el cine y la lectura radica en que el cine es fundamentalmente un arte de la percepción, y la lectura un arte de la imaginación. Con ello no digo que ante el cine no tengamos que imaginar, pero evidentemente el lenguaje verbal es mucho más abstracto y es mucho más lo que tenemos que imaginar, mucho más lo que tenemos que inventar leyendo un libro que viendo una película.

En ello se cifra también la capacidad de superviviencia de los libros. Recuerdo que hay una suerte de objeción de Friedrich Nietzsche sobre el teatro. El filósofo decía que a él le gustaba más leer a Shakespeare que ver representado a Shakespeare. Porque cuando lo veía, estaba obligado a aceptar que esa dama que tenía al frente era Ofelia o Desdémona, que esa mujer vociferante era Lady Macbeth, que ese joven quejoso era Romeo, que ese que estaba viendo era Ariel, un personaje difícil que, como bien dijo Auden, está hecho de música. En cambio, cuando leía, él podía decidir cómo era el ritmo de Ofelia, la voz de Romeo, el estilo de Porcia. Es decir, lo que le gustaba de los libros es que no pueden dárnoslo todo, que le hacen mayores exigencias a nuestra imaginación, y que por ello nos reclaman ser también creadores, poner en juego nuestra memoria y nuestro propio ritmo personal.

El lenguaje verbal es abstracto, nos da palabras, pero no imágenes, ni escenarios, ni trajes, ni colores. Creemosen los caballos, pero allí no están los caballos. Creemos en los ejércitos, pero allí no están los ejércitos. Creemos en una pareja de enamorados que agonizan, pero allí no están los enamorados. Hay sólo viejas palabras que se suceden en viejas páginas, a veces unas cuantas ilustraciones matizan nuestra percepción de los hechos pero no nos imponen toda la minucia de lo real, todo el torrente de la acción, y sin embargo vivimos tan plenamente la historia que se nos cuenta, que a veces hasta nos permitimos reír o llorar por lo que pasa. Claro que es hermoso el teatro, claro que es prodigioso el cine, pero algo en nuestra imaginación quiere también un mundo de grandes libertades, y tal vez Nietzsche tenía razón en decir que el arte, cuanto más abstracto es, más nos obliga a ser creadores, más pone a prueba nuestras facultades y más nos permite disfrutarlo de un modo personal. Y por fortuna hay en la vida espacio suficiente para el cine, en cuya elaboración participan tantas personas como en la construcción de una catedral; para el teatro, en cuyo montaje se requieren tantos talentos, y al que asisten tantas personas, y para la lectura, que es una especie de película interior en la cual, obedeciendo a un guión básico, cada uno de nosotros es el productor y el director, el proveedor del casting y del vestuario, el autor de la escenografía y el manejador de las luces, el creador de la banda sonora y el realizador de los efectos especiales, sin dejar de ser, por supuesto, también el público.

¿Por qué es importante que nos cuenten historias o que nos las lean en nuestra primera época de formación? Conozco numerosas personas que saben leer, en el sentido de que saben descifrar un escrito, enlazar las vocales con las consonantes y entender las frases. Esto puede servir para comprender mensajes breves y frases de periódico, pero están muy lejos de lo que se necesita para comprender un relato bien tejido. Para leer bien no basta la técnica: se necesita la emoción, el ritmo y la entonación que permita extraer de lo que se lea toda la intensa realidad, todos los estados anímicos, todo el colorido que el texto puede ofrecer. Ello sólo puede darlo el ejemplo, y se diría que el ejemplo temprano. Me atrevo a afirmar que si alguien es capaz de leer en voz alta un texto con buena entonación y con buena dosificación de las emociones, será capaz de extraer de él todo el jugo de delicia que contiene, y por supuesto, será capaz de compartirlo, de transmitir el placer de la lectura.

Leer es vivir lo que se lee, leer es dejarse conducir por el texto, leer es casi convertirse por un rato en lo que se está leyendo. Borges decía que quien pronuncia una frase de Shakespeare es, literalmente, Shakespeare. Pero ello sólo puede aprenderse por el contacto cálido con alguien que nos transmita esa claridad y esa emoción. Sólo así se logran esos buenos lectores que son capaces de abandonar un texto. Porque pienso que los buenos lectores son los que son capaces de abandonar un texto, es más, los que no pueden impedirse dejar de leer cuando el texto se hace ingrato, aburrido o falto de vida. También me atrevo a decir que sólo es un buen lector el que lee con interés y con pasión, y que en cambio es un mal lector el que sigue leyendo cosas que no le interesan, que no le resultan necesarias y que no deriva de la lectura el menor placer. La lectura como mortificación no hace seres felices, y el principal objetivo de la lectura es la felicidad. Por eso, enseñar verdaderamente a leer, es enseñar a disfrutar la lectura.

Chesterton dijo que para un niño de 10 años es maravilloso oír que Pepito, al abrir la puerta, encontró un dragón, pero que para un niño de 5 años ya es bastante maravilla que Pepito abra la puerta. Curiosamente, a medida que uno avanza por el camino sin fin de la lectura, va dándose cuenta de que el niño más pequeño tiene razón. Hay un tipo de excelente poesía que nos muestra las cosas más prodigiosas como hechos naturales, pero la mejor poesía es la que nos muestra las cosas más naturales como hechos prodigiosos. Ése es el secreto de la poesía de Walt Whitman, de Emily Dickinson o de Aurelio Arturo. Lo que pasa es que cada quien tiene su propia manera de desnudar o de revelar ese prodigio. Chesterton nos dice: "El árbol del jardín produce manzanas de oro porque bajo sus raíces duerme un dragón", y ello comporta una historia fantástica pero también una comprobación elemental: eso que el poeta nombra con la palabra dragón es el poder fértil e incansable de la tierra que alimenta a los árboles y produce continuamente sus frutos. Es algo vivo, indescifrable, benéfico, que bien merece nuestra admiración aunque otros lo llamen fecundidad o milagro. En otro momento el poeta nos dice: "el agua corre porque está hechizada". Esa extrañeza que quiere resumir con la alusión al embrujo, otro poeta puede revelárnosla con sólo la sonoridad de las palabras y el ritmo de la descripción. Así, Barba Jacob nos transmite ese sentimiento de agradecida extrañeza sin recurrir a argumentos mágicos:

El agua de la acequia, alma de linfa pura,
¿No pasa alegre y gárrula cantando su cantar?
La acequia se ha borrado bajo la fronda oscura,
Y el arroyuelo límpido ni riela ni murmura,
Señor, ¿no os hace falta su música cordial?


En los últimos tiempos me parece advertir que entre nosotros, y en relación con la poesía, las personas prefieren oír poemas que leerlos ellas mismas. A mí me gusta repetir poemas ajenos y leer poemas en voz alta, y me llama la atención cuando algunos amigos me dicen que los entienden y los sienten mejor al oírlos que al leerlos mentalmente. No debería sorprenderme, porque uno de los elementos constitutivos de toda la literatura, y en particular de la poesía, es la sonoridad. Un poema, como un relato, es también un hecho sonoro, y sólo alcanza esa plenitud cuando se pronuncian las palabras que lo constituyen. Éste es uno de los campos en que la poesía tiene su analogía con la música, y si bien hasta la música es capaz de abstracción, y es concebible, como ciertas obras de Bach, como algo no escrito para ningún instrumento particular, ni para la voz humana, sino para el entendimiento puro, la mayor parte de la música y de la literatura no parecen tener la intención de renunciar a su contacto con los sentidos, con el mundo físico; de existir para el ojo, en su disposición tipográfica, y de existir para el oído, en su sonoridad.

De todos los poetas modernos, tal vez ninguno soñó con una poesía que se cifrara en lo eufónico con tanta intensidad como Edgar Allan Poe. Sus poemas 'Las campanas', y 'El cuervo', son ejercicios de sonoridad extrema, que persiguen que el sonido confirme y acreciente todo lo que el tema está proponiendo. Para él, esta estética valía tanto en el verso como en la prosa, y el comienzo de su relato 'La caída de la casa de Usher', quiere encontrar el sonido mismo de la desolación, del abandono y de la pesadumbre que avanza. Algunos de sus discípulos buscaron también esas músicas, pero curiosamente el más fervoroso de sus admiradores terminó inclinándose por una poesía totalmente cerebral donde la sonoridad ya no produjera ningún efecto reconocible o evidente. Y así, del clasicismo de Poe llegamos al anticlasicismo de Mallarmé, y de la pasión por el rigor matemático llegamos a la exaltación de las músicas del azar, en el insible poema 'Golpe de dados'.

Pero se diría que en la vida de cada uno de nosotros está la historia universal, como quería Robert Browning, y como lo quiere este poema de Borges:

En un día del hombre están los días
del tiempo, desde aquel inconcebible
día inicial del tiempo, en que un terrible
Dios prefijó los días y agonías
hasta aquel otro en que el ubicuo río
del tiempo terrenal torne a su fuente,
que es lo Eterno, y se apague en el presente,
el futuro, el ayer, lo que ahora es mío.
Entre el alba y la noche está la historia
universal. Desde mi noche veo
a mis pies los caminos del hebreo,
Cartago aniquilada, Infierno y Gloria.
Dame, Señor, coraje y alegría
para escalar la cumbre de este día.


Si eso puede decirse de un día, ¿qué no podremos decir de la vida de un ser humano? Que en ella está el asombro mitológico de los pueblos nativos y el rumor de cuentos de hadas de la Edad Media, ambos transmitidos siempre por una cálida voz humana, y también ese hecho típicamente moderno del lector solitario que mira inmóvil las páginas de su libro y ve en su interior todas las cosas que el libro le cuenta.

Muchas veces oímos preguntar para qué sirve la lectura. Yo ahora voy a atreverme a decir que la lectura sirve para muchas cosas, pero que sería maravilloso que la lectura, siquiera por momentos, no sirviera para nada. Porque servir para algo supone siempre una finalidad exterior al hecho mismo: trabajo para subsistir, estudio para superarme, camino para llegar, busco para encontrar. Pero qué bello oír decir de pronto a alguien: "Busca por el placer de buscar, no por el de encontrar". Qué grato oír, incluso en una canción popular, "Vivir para vivir,/ sólo vale la pena vivir/ para vivir". Porque esta época ha empezado a dudar de esa gran disociación entre los medios y los fines que fue el fracaso de nuestra civilización. No nos proponían que hiciéramos el bien por el placer de hacerlo, por la íntima satisfacción de hacerlo, sino para merecer un premio ulterior. No nos proponían que esquiváramos el mal, la crueldad, la sordidez, por el gozo de abstenernos de la crueldad, por la belleza intrínseca de no condescender a la infamia, sino por evitar un castigo ulterior. Así, las acciones no parecían tener un valor y una utilidad en sí mismas sino como medios para obtener unos beneficios o esquivar unas incomodidades futuras.

Ahora sabemos que hay que valorar las cosas en sí mismas. Por eso repito: leer puede servir para muchas cosas; puede darnos información, puede ayudarnos a comprender el mundo, puede ayudarnos en nuestra formación para alcanzar tal o cual propósito, pero en rigor, ésos son beneficios secundarios de la lectura. Leer es es sí mismo un placer tan grande, un deleite a la vez sensorial e intelectual tan rico, es algo que confiere tal intensidad a nuestro presente, que pone en acción de un modo tan enriquecedor nuestras facultades, que deberíamos considerarlo como un fin en sí mismo, o mejor aún, como un deleite superior a los resultados que se obtengan con él. Es a eso a lo que yo he llamado en el título de este texto El placer que no tiene fin, aliando a la vez dos sentidos de una palabra: que puede no tener un fin exterior a sí mismo y que puede ser evidentemente inagotable. No es necesario asignarle fines exteriores. Los resultados provechosos llegarán por sí mismos, pero deberían estar subordinados al goce de la lectura y a las tensiones estéticas e intelectuales que la lectura ejercita y resuelve.

En eso, una vez más quisiera comparar a la literatura con la música. Quien escucha música para algo, no la escucha plenamente. Sólo lo hace quien la escucha por la pasión de hacerlo, porque la disfruta, porque la necesita, porque es parte de su vida escucharla. Además, como tanto se ha dicho, la música destruye el principio de que las cosas existen para un desenlace. Quien oiga música esperando un final, se habrá perdido la sustancia de cada instante. Porque la música es cada instante aprender a oír música es aprender a reconciliarse con el paso del tiempo, amar lo que existe y huye; recibir lo que viene, para lo cual es necesario continuamente despedir lo que pasa. Y claro, con los libros, como con la música, siempre podemos volver a empezar. Yo diría que si bien hay muchos libros que nos dan su tesoro una vez y ya no reclaman de nosotros repetición alguna, los mejores libros son aquellos a los que siempre queremos volver, de los que no podemos decir que ya los conocemos, a los que siempre estamos conociendo.

Ése es uno de los grandes misterios del arte, un misterio que el arte comparte con la naturaleza. Cuando alguien dice: «Ven, vamos a ver salir la luna llena», uno normalmente no responde: «Yo ya la vi salir el año anterior.» Uno corre a verla de nuevo como por primera vez. Y no decimos: «Yo ya vi el mar, ya vi las estrellas, ya vi una vez el atardecer». Volvemos al mar «que siempre recomienza», volvemos a la primera estrella como si fuéramos el primer ser humano que la mira, volvemos al atardecer, como decía Borges, como si el secreto intacto que arde en él por fin estuviera a punto de ser revelado. Así son el arte y la música y la literatura. Claro que es un goce ese libro que nos recomiendan, que no hemos leído y que empieza a perfilarse como una promesa. Pero tal vez los mejores libros son aquellos que, leídos muchas veces, siguen siendo una promesa para nosotros.

Extraído del libro "La decadencia de los dragones" de William Ospina.












Publicación de JEGM © Copyright 2004 JEGM ®
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”
[Art. 19 - Declaración Universal de Derechos Humanos]
Comunícate con nosotros: jesusgonzalez [en] gmail.com
Los Grandes Soñadores Nunca Duermen
Big Dreamers Never Sleep
:. Caracas_Venezuela_South America .:
TODO ES CULTURA
CULTURA ES TODO

http://jesusgonzalez.blogspot.com

Escrito está

Autor: León León Ramírez

Bogotá, mayo 22 de 2003
Respetada doctora Duque:
He recibido instrucciones de la gerencia para enviarle el material relacionado con la posible fusión de nuestras Compañías. Adjunto encontrará lo anunciado. Le agradezco confirmar su recibo.
Atento saludo,
Santiago Cobo

Bogotá, mayo 23 de 2003
Doctor Cobo:
El material enviado por usted está incompleto. No recibí los ítems sobre Seguros. Tome nota para evitar pérdidas innecesarias de tiempo.
De usted,
Lina María Duque

Bogotá, mayo 26 de 2003
Respetada doctora Duque:
El listado original sobre el cual se preparó la información no contemplaba el tema de Seguros. He procedido a complementar los datos. Le ruego disculpe si le he ocasionado alguna molestia.
Atento saludo,
Santiago Cobo

Bogotá, mayo 27 de 2003
Doctor Santiago:
Gracias por el resto de los informes. Realmente no hemos tenido ningún traumatismo. Sus comentarios al margen fueron de gran ayuda.
Cordial saludo,
Lina María Duque

Bogotá, mayo 30 de 2003
Apreciada doctora Duque:
Me satisface ver que mis orientaciones han sido tenidas en cuenta. Es mi tema favorito: sobre él, hice una especialización el año pasado. Le reitero mi disposición para colaborar en lo que usted disponga.
Cordial saludo,
Santiago Cobo

Bogotá, junio 3 de 2003
Apreciado Santiago:
Muchísimas gracias. Actitudes como la suya van a facilitar, sin duda, el rápido empalme. Le pido que nos ayude con la reclasificación del Activo Contingente.
Hasta pronto,
Lina María Duque

Bogotá, junio 12 de 2003
Apreciada Lina María:
Discúlpeme por la demora en responderle. Anexo encontrará lo solicitado. Aunque no es de su incumbencia, permítame comentarle que se me presentó un serio inconveniente con mi apartamento, razón por la cual no pude atender con más celeridad su petición. Es el problema de tener treinta y cuatro años y vivir solo.
Cordial saludo,
Santiago Cobo

Bogotá, junio 13 de 2003
Apreciado Santiago:
No hay nada que disculpar. Por el contrario, una vez más, gracias. Es usted claro y preciso en su información. Por eso, llevamos el trabajo tan adelantado. Espero que haya resuelto su problema. Lo entiendo, porque yo también vivo sola.
Cordial saludo,
Lina María

Bogotá, junio 16 de 2003
Apreciada Lina María:
No motiva esta carta el interés profesional. Quiero decirle, que el tono de su última comunicación fue como un bálsamo en medio de esta tormentosa fusión. Espero que su soledad no sea tan apremiante como la mía. Ojalá en alguna oportunidad podamos saber un poco más de nosotros.
Con aprecio,
Santiago

Bogotá, junio 20 de 2003
Doctor Cobo:
La doctora Duque, quien lideraba los trabajos de empalme en la contraparte, se ha retirado de la Compañía. Próximamente estaremos informando el nombre de la persona con quien debe entenderse en lo sucesivo.
Atentamente,
Gerencia General

Bogotá, junio 24 de 2003
Para: Jefe de Personal
Nos hemos enterado del retiro de la doctora Duque con quien veníamos adelantando el trabajo de empalme. Hay algunos aspectos comunes que quisiera finiquitar. Comedidamente, le solicito los datos personales de la doctora, es decir, dirección y teléfono de su residencia.
Atentamente,
Santiago Cobo

Bogotá, junio 26 de 2003
Apreciado doctor Cobo:
Lamento no poder suministrarle la información por usted solicitada. La doctora Duque fue contratada como Asesora Externa para responder por el manejo operativo de la fusión. Lo anterior, no justifica el hecho de no tener toda su documentación en regla.
Atentamente,
Jefe de Personal

Bogotá, junio 26 de 2003
Para: Jefe de Personal
Es absolutamente inadmisible que el Departamento a su cargo haga una contratación sin tener los datos básicos del funcionario que ingresa a la compañía.
Atentamente,
Santiago Cobo

Bogotá, junio 27 de 2003
Apreciado doctor Cobo:
Bien puede ahorrarse sus comentarios sobre nuestros procedimientos internos. Para su información, y de manera confidencial, le comento que la doctora Duque fue enganchada por orden directa de la Gerencia General, con quien le sugiero tratar este punto, que igualmente tendrá que esperar. Como usted bien sabe, la Gerencia salió de viaje al exterior, y regresa hasta dentro de dos meses.
Atentamente,
Jefe de Personal

Bogotá, julio 1 de 2003
Para: Jefe de Personal
Por favor, no tenga en cuenta lo manifestado en mi nota anterior. De todas formas, le agradeceré muchísimo cualquier información que usted pueda suministrarme sobre la doctora Duque.
Atentamente,
Santiago Cobo

Bogotá, julio 3 de 2003
Estimado doctor Cobo:
Uno de los conductores, asignado a la Gerencia, me comentó que en varias oportunidades llevó a la doctora Duque a su apartamento en la Unidad Residencial Áticos. Espero que este dato le sea de alguna utilidad.
Cordialmente,
Jefe de Personal

Bogotá, julio 5 de 2003
Señor Administrador
Unidad Residencial Áticos
El personal de celaduría de su Conjunto me ha solicitado formular esta petición por escrito y directamente a usted. Me urge localizar a la doctora Lina María Duque, quien reside en esa Unidad. ¿Sería usted tan gentil de informarme el interior y el apartamento, así como el número telefónico? ¿O, en su defecto, podría entregarle esta carta a ella directamente, con la petición de que me contacte?
Gracias y atento saludo.
Santiago Cobo

Bogotá, julio 9 de 2003
Señor Administrador
Unidad Residencial Áticos
En días pasados, y siguiendo sus indicaciones, hice una solicitud en relación con la residencia de la doctora Lina María Duque, sin obtener contestación hasta la fecha. Permítame insistir en mi petición, solicitándole pronta respuesta.
Cordialmente,
Santiago Cobo

Bogotá, julio 11 de 2003
Señor Cobo:
Como usted comprenderá, no es usual que demos información de los residentes de la Unidad a desconocidos. En este caso, y previa verificación de sus datos, le comentamos que Lina Duque no figura como propietaria de ninguno de los apartamentos del Conjunto, aunque sí fue residente hasta el mes pasado. La señorita Duque no dejó los datos de su vivienda actual.
Atentamente,
Unidad Residencial Áticos

* * *

Boston, agosto 16 de 2003
Recordado Santiago:
Ante todo, debo disculparme por haber abandonado la Compañía sin ningún comentario, sobre todo a usted, por quien siento un gran aprecio. Desde niña he sufrido un mal poco común, que en Colombia es de difícil diagnóstico. Mi familia es pudiente, y ha logrado sufragar los gastos de mi tratamiento, aquí, en los Estados Unidos. Aunque la enfermedad siempre ha estado bajo control, tuve una súbita recaída que obligó mi desplazamiento inmediato a Boston.

Han sido días muy difíciles, lejos de mi familia, y con la incómoda sensación de haber abandonado mi trabajo, el cual era, en cierta forma, el único aliciente de mi vida. No le escribí antes, porque las condiciones no habían sido propicias. La soledad y la lejanía me impulsan a dejar de lado mi natural prevención para decirle, Santiago, que su recuerdo ha sido mi única compañía en esta dura prueba. Me pregunto por qué, y sólo contesta mi corazón quien no sabe de razones. Pienso que es una ilusión a la que me he aferrado con fuerza. ¡Es tan vulnerable mi ser en estos momentos! Esta incógnita, sólo usted puede ayudarme a despejarla. Le pido sea sincero. No tema herir este corazón de veintiocho años de existencia, ya con las cicatrices del desengaño.
Con aprecio,
Lina María

Bogotá, agosto 26 de 2003
Mi querida Lina:
No se imagina cuánta emoción me produjo recibir su carta. Traté con desesperación de dar con su paradero, pero fue infructuosa mi búsqueda. Los caprichos del destino son impredecibles; jamás imaginé su situación. Mi deseo más ferviente es su pronta mejoría.
Mi corazón, como el suyo, no sabe dar explicaciones. Pero de una cosa sí estoy seguro: nunca antes había sentido una obsesión tan fuerte, como la de querer estar a su lado. ¿Capricho? No, definitivamente no. Es un sentimiento que me impulsa pedirle me permita viajar a visitarla, y así, los dos, resolver las dudas que nos estrujan el alma.
Con amor,
Santiago

Boston, september 8/2003
Mr. Santiago Cobo
We regret to inform you that Ms. Lina Duque passed away yesterday at 14:20 hours. Please find attached her medical file.
Community Area Manager
New England Medical Center

* * *

Bogotá, mayo 14 de 2004
Inolvidable Lina María:
Hace un año te escribí por primera vez. Con ésta, ya son treinta y dos las cartas que te he enviado. Nunca dejaré de hacerlo. Así te lo prometí hace tiempo. Yo estoy muy bien, y sólo pienso en todas las cosas que no fueron y que imagino cómo serían...
Siempre tuyo,
Santiago

Extraído del libro "Los gatos de Kent" de León León Ramírez.













Publicación de JEGM © Copyright 2004 JEGM ®
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”
[Art. 19 - Declaración Universal de Derechos Humanos]
Comunícate con nosotros: jesusgonzalez [en] gmail.com
Los Grandes Soñadores Nunca Duermen
Big Dreamers Never Sleep
:. Caracas_Venezuela_South America .:
TODO ES CULTURA
CULTURA ES TODO

http://jesusgonzalez.blogspot.com

El huequito

Autor: Ana María Reyes

Como familia grande que se respetara en aquellos tiempos, en casa de los García todo giraba en torno a los padres, a la comida y a los chismes. Especialmente a los chismes. El padre era el supremo proveedor, pero la madre decidía a quién se le podía proveer, cuánto, cómo y cuándo. En la casa grande todavía se reservaba una habitación para cada uno de los hijos, pero cuando se reunían todos los hermanos con sus esposos, esposas e hijos, el caserón se convertía en una especie de campamento de emergencia, lleno de colchones por todos lados, ropa de niños regada por el piso de las habitaciones, calzoncillos enormes y diminutos colgados de las mismas cuerdas que, cuando había huéspedes en la casa, se reproducían como por generación espontánea en el patio de atrás.

Aunque ya todos los hijos de doña Graciela y de don Ismael estaban bastante creciditos, no faltaban huéspedes semipermanentes a quienes había que socorrer en tiempos difíciles. Para eso había que consultar la opinión de cada uno de los miembros de la familia, quienes daban su veredicto sobre qué era lo mejor para el pariente en desgracia de turno.

Cuando llegó Luisito —el hijo del medio, el mismo que pasó dejando su imborrable huella por media docena de colegios de la ciudad y que inexplicablemente terminó su carrera de administración de empresas sin perder una materia, el que se quedó sin trabajo durante seis meses, a quien le bloquearon las tarjetas de crédito por falta de pago y le cortaron la luz, el agua y el teléfono de su apartamento de soltero cuando en vez de cancelar las cuentas se fue a pasear a la playa para desestresarse—, doña Graciela lo recibió y lo condujo a su antigua habitación, cuya cama todavía llevaba el cubrelecho de los tiempos del colegio.

Después de que dejó dormir al muchacho todos los días hasta las once de la mañana y desayunar en la cama para que se curara rapidito del trauma, doña Graciela se dedicó a llamar a cada uno de sus hijos para pedirles consejos sobre cómo ayudar al pobre Luisito.

La reunión familiar se convocó para el mediodía del domingo. Doña Graciela preparó un sancocho de gallina que alcanzaría para hijos, yernos, nueras y nietos. El lema de la familia era: «Muchas cabezas piensan mejor que una». Así que el domingo, a partir de las once y media de la mañana, la casa empezó a llenarse de gente, el aire se aromó con un increíble olor a caldo de gallina, y cuando todos estuvieron reunidos en la sala, Luisito salió de su habitación recién bañado y perfumado, los saludó y se disculpó o poder quedarse, ya que tenía un importante compromiso con una hermosa mujer y le era absolutamente imposible cancelarlo.

En principio, todos se miraron sorprendidos, especialmente los nuevos miembros de la familia (esposas y esposos de los más jóvenes), de que el causante de aquel revuelo familiar no estuviera presente. Pero doña Graciela salió a despedirse de Luisito, le dio la bendición y le entregó una platica para que no anduviera con los bolsillos vacíos. La puerta se cerró y todos siguieron conversando y tomándose sus aguardientes. Pasaron una tarde sumamente agradable, comentaron la situación del país, hablaron de la inmadurez de Luisito, comieron sancocho, mandaron a los niños a bañarse con manguera en el patio, retomaron el tema de las deudas de Luisito, se sirvieron otro aguardientico, y al terminar la tarde doña Graciela sentenció:

—¿Quién le va a conseguir trabajo al muchacho?

Respondieron dos yernos y un hijo. Uno de los trabajos era de mensajero, pero quedó descartado porque Luisito no tenía carro y no sabía montar en bus; el segundo consistía en contestar el teléfono en una fábrica de zapatos, pero tampoco fue aprobado porque la fábrica estaba llena de niñas muy jóvenes y sencillas y doña Graciela no quería que le llegaran con el cuento de un nieto no deseado; la última moción fue la de relacionista público en la agencia de viajes del hermano mayor, y fue aceptada porque definitivamente las relaciones sociales eran el fuerte de Luisito. En la noche, cuando llegó, le fue anunciado el veredicto. Luisito se puso feliz y aceptó encantado.

Luisito escaló rápidamente en la empresa hasta que fue sorprendido en la oficina del gerente examinando los atributos físicos de la secretaria general. A pesar de su vertiginoso ascenso, decidió renunciar voluntariamente, ya que ese trabajo no llenaba sus expectativas. Entones retornó a la vida tranquila y sosegada de la casa materna.

La vida de la familia siguió su marcha entre separaciones matrimoniales y reconciliaciones, despidos injustos de trabajos y largos períodos cesantes —especialmente en el caso de Luisito. En todo ese ir y venir, la única que no había sido fuente de tema y causante de reuniones familiares era Silvia, la hermana soltera de la familia. Alguna vez se reunieron para planear la forma de conseguirle marido, pero los resultados fueron infructuosos. Ella era como el jabón: tan resbalosa para la familia como para cualquier novio. A eso se sumaba su trabajo, que la obligaba a viajar continuamente y a permanecer por largos períodos en los lugares donde la enviara la empresa.

Cada vez que llegaba de viaje, doña Graciela le preguntaba por los lugares que había conocido, y Silvia sacaba las fotos recién reveladas, donde aparecían estatuas, jardines, edificios, montañas, calles y más estatuas. Pero salvo una que otra foto en la que ella aparecía, todas parecían postales. Las fotos se guardaban en un álbum que permanecía en la sala para que doña Graciela pudiera presumir del último país donde había estado su hija viajera. Pero en opinión de todos, en esas fotografías no había nada interesante que ver. Silvia era definitivamente una mujer sosa y aburrida, y para ver fotos de montañas nevadas o parques estaban los libros de geografía de los niños, que últimamente eran, además de carísimos, muy bonitos.

Un día llegó una carta para Silvia. Traía muchas estampillas y el nombre del remitente estaba en francés. Antes de que Silvia llegara a casa, doña Graciela, Luisito y su novia, don Ismael y el resto de hermanos sabían de la existencia de la carta y hacían mil cábalas sobre quién sería el remitente. El enigma se acrecentaba porque el remitente sólo había colocado dos iniciales y lo que parecía un apellido.

A las siete de la noche llegó Silvia y encontró a todos los habitantes de la casa, incluida la novia de Luisito, que últimamente hasta desayunaba allí, reunidos en la sala, esperándola. Sintió todos esos pares de ojos mirándola, los mismos que enseguida, como si se hubieran puesto de acuerdo, se dirigieron hacia el sobre que descansaba sobre de la mesa de centro de la sala. Silvia sonrió y preguntó llevándose la mano al pecho:

—¿Es para mí?

Un coro respondió al unísono:

—Sí.

Silvia lo tomó, hizo cara de sorpresa al leer el nombre del remitente y se fue para su habitación sin decir nada. Todos se quedaron de una sola pieza. Era una desconsiderada esta Silvia: ¡no darse cuenta de que llevaban toda la tarde esperando a que ella llegara para saber quién le había escrito desde Francia!

A Silvia aparentemente le tenían sin cuidado las opiniones de los miembros de su familia. Desde muy niña se había caracterizado por ser muy independiente y jamás había hecho un comentario sobre su vida personal. Siempre se la vio muy feliz. De niña, tenía dos o tres amiguitas con quienes siempre estudiaba. En la universidad salía, como cualquiera, con su grupo de amigos a tomarse unos tragos y a bailar. Pero cuando empezó a trabajar y a viajar, su vida privada se convirtió en el misterio más grande de la familia.

En una ocasión, cuando se celebraba el Día de la Madre y ella estaba precisamente en Francia, llamó a doña Graciela para desearle feliz día. Justo en ese momento todos estaban reunidos en la sala discutiendo el caso de Marianita, la nietecita que tenía a toda la familia en jaque porque en el jardín infantil le habían mandado a hacer terapia del lenguaje. Las opiniones estaban divididas entre si ahora les complican demasiado la vida a los niños o si gracias a tantos servicios que prestan los colegios, los niños son más felices. La llamada de Silvia no sólo interrumpió tan candente discusión sino que la desvió hacia su vida privada. En opinión de algunos, en vista de que conocía extranjeros a granel, seguramente llevaba una vida bastante agitada; según otros, su vida sentimental probablemente era aburrida, caso común entre los fanáticos del trabajo, como al parecer era ella.

Silvia abrió la carta llena de emoción. No se explicaba cómo alguien todavía se daba el tiempo para escribir una carta en papel, con todas las de la ley. Habría bastado un e-mail… Al abrirla se dio cuenta de la razón: a un e-mail no se lo puede perfumar y tampoco puede llevar un beso impreso con un lápiz l real. Después de olerla y de darle un beso al beso, empezó a leerla. Su emoción romántica se fue convirtiendo en un gesto de físico pánico. Estaba todo muy claro: llegaría a visitarla en una semana; en vista de que había decidido tomar vacaciones, se quedaría un mes completo; la invitaba por algunos días a pasear a alguna playa tropical para intentar perder ese color blanco transparente que se adquiere en Europa durante los días de invierno. Silvia no se reponía de la sorpresa. Rico verla, pero ella quería quedarse en su casa, conocer a sus padres como Silvia había conocido a los suyos, y dormir con ella en la habitación que, como le había descrito, seguía igual a como lucía cuando era niña.

Tenía que inventar un plan. Marie era demasiado obvia. Aún cuando su cara era muy bonita y nadie se resistía a los enormes ojos verdes que asomaban bajo sus cejas gruesas y negras, que a su vez hacían tan buen juego con su pelo desordenado, su indumentaria dejaría mucho que desear al ideal femenino de los miembros de su familia. Aún ella, que siempre andaba en vestido, era criticada por su escaso maquillaje y por la ausencia de accesorios en su cuerpo —excepción hecha de una cadenita de oro con una crucecita que le habían regalado sus padres el día de su primera comunión.

Silvia salió de su habitación y se dirigió a la sala, donde aún estaban reunidos quienes unos momentos atrás la habían esperado con tantas ansias. Cual haya sido el tema de conversación que mantenían, murió en el momento en que ella se sentó. El silencio se apoderó del ambiente. Todos estaban a la expectativa de la noticia. Silvia les contó sin mayores detalles que Marie, una compañera francesa de trabajo, quien la había hospedado siempre que debía quedarse en París, llegaría en una semana y pasaría un mes de vacaciones en casa.

De un momento a otro, la vida de doña Graciela adquirió color y emoción, alimentada por la curiosidad y por el orgullo de poder atender en su casa a alguien del Viejo Mundo. A partir de ese momento, y por una semana, entraron y salieron pintores, se compró una cama adicional que se colocaría en la habitación de Silvia y que hacía perfecto juego con la que tenía desde a niña, se compraron nuevas sábanas y toallas y se reunió la familia, por primera vez en toda la vida de Silvia, para hablar algo referente a ella. Después de interminables discusiones se planeó el menú del mes para que la francesita probara todos los platos típicos del país, al igual que un tour por los sitios históricos de la cuidad que aprovecharían todos para conocer lo que nunca habían visitado.

Para fortuna de Silvia, el vuelo llegaría a las cuatro de la mañana. Por más unida que fuera su familia, nadie se ofreció a acompañarla a esa hora. El día del arribo de Marie, Silvia se levantó a las tres, se bañó y se vistió. Cuando estuvo lista para salir se llevó una sorpresa: Luisito, también bañado y perfumado, apareció insistiendo en que no dejaría que su amada hermanita condujera a esas horas sola, con lo insegura que se había vuelto la ciudad. Silvia no tuvo más remedio que dejarse acompañar. Entendió perfectamente que Luisito tenía la firme intención de causar un gran primer impacto en su amiga, de manera que él y no un extraño se viera beneficiado de los favores de una europea sin recatos ni prejuicios.

El avión aterrizó y Luisito no se percató de la emoción de Silvia, quien, cosa extraña, andaba habladora y risueña. Luisito estaba demasiado ocupado buscando entre la fila de personas que desfilaban por el pasillo del aeropuerto a una despampanante rubia francesa con la boca pintada de rojo. Alguna vez había escuchado que los franceses no se bañan y que huelen , pero ya se las arreglaría para cambiarle el olorcito a la visitante.

De repente Silvia empezó a saltar y a alzar la mano. Pero Luisito no vio a ninguna mujer entre las personas que pasaban. Algunos tipos saludaron al mismo tiempo, entre ellos uno delgado y bajito de cabello negro, crespo y despeinado. Silvia agarró a Luisito del brazo y prácticamente lo arrastró hasta el lugar donde entregaban las maletas a los pasajeros. Hombres y mujeres iban saliendo lentamente con sus maletas de rodachines. El mismo tipo bajito y despeinado que él había visto poco antes salió arrastrando un morral, que dejó a mitad de camino al ver a su hermana. Silvia también salió corriendo y ambos se abrazaron. Silvia le dijo algo al oído y le ayudó a cargar el pesado morral. Se acercaron caminando y una voz de mujer salió de esa cara que casi no se veía a través del pelo, para saludarlo en un español afrancesado.

Luisito perdió totalmente el interés por la francesa y con franca decepción cargó su morral hasta el carro. Condujo en silencio mientras ambas mujeres, como cotorras, hablaban sin parar en francés. Para Luisito, una mujer que pareciera un hombre no tenía nada interesante que decir. Así que ni se molestó en tratar de entender lo que las mujeres decían. Sintió que había perdido su descomunal madrugada y en todo el camino no pensó en otra cosa que en volverse a acostar para dormir y recuperarse del esfuerzo.

Cuando llegaron a casa, doña Graciela ya estaba levantada y arreglada, don Ismael estaba sentado a la mesa tomándose un cafecito con cara de dormido y la cama destinada a Marie estaba perfectamente tendida para que la pobre muchacha, que muy probablemente no había podido dormir en toda la noche, descansara.

Luisito entró con cara de aburrido, dejó el morral sobre una de las sillas de la sala y se fue directamente a dormir. En seguida entró Silvia sonriente y feliz, y finalmente hizo su entrada, para nada triunfal, Marie. Doña Graciela esperaba a una mujer elegante y de mucho , como las que aparecen en las propagandas de perfumes. Por eso, cuando Marie se le acercó y le dio la mano tal cual como lo hacían los amigos de Luisito, doña Graciela sonrió como una autómata, respondió al apretón de manos y recibió un beso en cada mejilla. Silvia las presentó y se disculpó con su madre llevándose a Marie a su habitación, con el pretexto de que estaba cansada y que no había dormido nada.

Pasó una semana en la que doña Graciela pudo darse el gusto de darle de comer a Marie todos los manjares autóctonos que se le ocurrieron. Si al principio esa muchacha que parecía un jovencito la había decepcionado un poco, ahora le parecía adorable porque no era como sus nueras y las novias de sus hijos, que comían como pajaritos. Marie hablaba un español bastante fluido y alababa permanentemente su cocina. Infortunadamente Marie no sabía cocinar —nadie es perfecto—, pero le prometió que le mandaría de Francia, especialmente para ella, unos libros maravillosos de cocina. Doña Graciela estaba encantada.

Poco a poco toda la familia fue apareciendo para conocer a la famosa francesa, y no dejaban pasar la ocasión para burlarse de Luisito, quien había apostado que sería él quien le enseñaría lo a un verdadero amante latino. Luisito, que estaba herido en su orgullo de macho, empezó a comentar que con razón su hermana no había conseguido ningún novio francés viviendo en París; si siempre andaba con Marie —se burlaba—, era imposible que un hombre se le acercara. Lo más probable es que la gente que las veía pensara an un par de «raras». Ese comentario venenoso lo soltó cuando conversaba con una de sus cuñadas, y ambos se prometieron no volver a comentar algo tan horrible. Una cosa era que la amiga de Silvia pareciera un tipo y otra cosa era… otra cosa.

Pero el apunte de Luisito se regó entre los miembros de la familia. Todos llamaban a Luisito para que les informara sobre los movimientos de ambas mujeres, y él como buen detective les informaba que todos los días se despertaban temprano, ponían música en la habitación, salían recién bañadas a desayunar, no se las volvía a ver hasta la hora del almuerzo y luego desaparecían hasta la madrugada. En algunas ocasiones las vio llegar pasadas de copas, abrazadas, riéndose y hablando en francés. Jamás llegaron en compañía masculina.

Durante una semana Luisito dejó de pasar informes: las mujeres desaparecieron para pasar unos días en la playa. Finalmente llegaron muy poco bronceadas y con los ojos brillantes, como cuando las parejas llegan de la luna de miel. Este comentario de Luisito fue suficiente motivo para que la familia decidiera celebrar una de sus reuniones. Había que averiguar lo que estaba pasando entre Silvia y la francesa.

Luisito hizo sus últimos trabajos de espionaje, obviamente a escondidas de doña Graciela, que adoraba a Marie y que al paso que iba la devolvería no caminando sino rodando, de tanta comida que le daba. En alguna ocasión en que uno de sus hijos mayores sugirió que la francesa era medio rara, doña Graciela la defendió con dientes y uñas. Según ella, sus hijos eran incultos y no se daban cuenta de que las muchachas de otros países son diferentes y muy «internacionales».

A partir de entonces, los comentarios sobre la extranjera se hicieron a espaldas de doña Graciela y de don Ismael, a quien lo único que le interesaba de la francesa era que le hablara de política, en lo cual era bastante versada. A Silvia no le pasó desapercibido que todos los ojos estaban puestos sobre ellas. Por eso empezó a tratar con cierta dureza a Marie —no le permitía que le dijera palabras cariñosas, ni siquiera en francés— y le obsesionaba mantener música siempre que estuviera a solas con ella en su habitación.

Un día antes de la plenaria familiar —la cual se llevaría a cabo aprovechando que Silvia y Marie habían invitado a almorzar a doña Graciela y a don Ismael, pues en su presencia no podrían hablar en libertad—, ambas mujeres se pelearon.

A las siete de la mañana salió Marie de la habitación, se disculpó con doña Graciela o aceptarle el desayuno y se marchó. No volvería a aparecer en todo el día. Media hora más tarde salió Silvia, también recién bañada y con los ojos hinchados a pesar del maquillaje que se había aplicado para disimular, sin ganas desayunó una taza de café y en el momento en que mordía un trozo de queso, rompió a llorar.

El día transcurrió sin otra novedad. Silvia se encerró en su cuarto y sólo salió cuando su madre la llamó para almorzar. Probó dos trozos de carne, una cucharada de arroz y un sorbo de jugo. Luego se puso de pie, se arregló y también desapareció hasta bien entrada la noche.

Pasadas las dos de la mañana, según el reloj de Luisito, se abrió la puerta. Ambas mujeres entraron riéndose a carcajadas y se encerraron hasta el otro día. A las once de la mañana Silvia salió de su habitación seguida de Marie. Ambas, con cara de haber dormido poco, se extrañaron al ver a todos reunidos. La familia en pleno se quedó mirándolas y les preguntó a qué horas saldrían de paseo. Silvia y Marie hablaron algo entre ellas en francés y Silvia contestó que no saldrían. Habían decidido pedir algo a domicilio, invitar a todos a almorzar y participar en la reunión. Luisito se sintió desolado, pero no se dio por vencido: mientras ellas se retiraron para bañarse y estar presentables, él, como espía oficial de la familia, actuó como protagonista de una reunión relámpago.

A Silvia y Marie les extrañó el silencio que reinaba en la casa mientras ellas se arreglaban. De afuera les llegaba una especie de susurro, pero no lograban entender una palabra. Como niñas que se arriesgan a una travesura, se acercaron a la puerta procurando escuchar. Nada. Se agacharon, como si acercándose al piso pudieran atrapar mejor los sonidos. En ese momento un objeto cayó al suelo. Marie se agachó y lo recogió. Era una especie de corcho. Se volvió hacia Silvia, quien acababa de encontrar el lugar de donde había caído: un huequito. En la puerta de su habitación, al lado de la bisagra del medio, había un hueco. Primero se asomó Silvia, luego Marie. Se dieron cuenta de que desde ese punto podían ver cuanto sucedía en el comedor y en la sala. ¿Desde afuera acaso podía verse el interior de la habitación con igual claridad?

Aprovechando que todos los ojos estaban encima de Luisito, pues nadie quería perderse de lo que éste decía en voz muy baja, las dos mujeres salieron silenciosamente del cuarto y se acercaron a la sala lentamente hasta ubicarse detrás de él, que estaba en la parte de «…entonces yo me asomé por el hueco y adivinen qué vi…»; Marie tocó su hombro y colocó en su mano el corcho.

La familia quedó congelada en el tiempo mirando aquel objeto en la palma de la mano de Luisito. Unos pasos pesados y lentos se acercaron. Una mano con un anillo que está en ese mismo lugar desde hace cuarenta y tantos años tomó el corcho. De la boca de doña Graciela salió una frase contundente:

—Debería darles vergüenza.

El silencio seguía siendo el rey de la sala. Doña Graciela condujo a las dos mujeres a la mesa, pues su desayuno estaba servido.

Del asunto no se habló más. Marie terminó de pasar sus vacaciones en casa de Silvia, y no desaprovechó para emborracharse con los hermanos de Silvia mientras intentaba seguirlos cuando cantaban boleros. Silvia engordó dos kilos comiendo al ritmo francés y llevando a su amiga a probar cuanta fruta y fritanga le pusieran por delante, y Luisito siguió jurando que él no fue quien abrió el hueco. Nadie le creyó.

A partir de ese día cada miembro de la familia se da el lujo de presumir que tiene una hija, hermana, cuñada o tía tan internacional, que en vez de novio criollo tiene amiga europea. Eso sí, ni uno solo de ellos deja de revisar de vez en cuando las puertas, porque nadie sabe a qué horas va a aparecer alguien dispuesto a abrir un huequito indiscreto.

Extraído del libro "Entre el cielo y el infierno" de Ana María Reyes.












Publicación de JEGM © Copyright 2004 JEGM ®
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”
[Art. 19 - Declaración Universal de Derechos Humanos]
Comunícate con nosotros: jesusgonzalez [en] gmail.com
Los Grandes Soñadores Nunca Duermen
Big Dreamers Never Sleep
:. Caracas_Venezuela_South America .:
TODO ES CULTURA
CULTURA ES TODO

http://jesusgonzalez.blogspot.com