¿Quién se ha llevado mi queso?

Autor: Spencer Johnson

Kif y Kof, dos simples ratones (Sniff y Scurry en inglés) se encuentran atrapados en un laberinto junto con Hem y Haw, dos complejos hombrecitos.

Todas las mañanas, los cuatro personajes recorren el laberinto en busca de queso. Todos los días encuentran cantidades abundantes en el mismo lugar, la “estación de queso C”.

Gradualmente, uno de los ratoncitos se da cuenta que hay cambios: cada día hay menos queso y el que queda es de menor calidad. Los hombrecitos no detectan nada.

Finalmente, el queso desapareció. Los ratones, poco sorprendidos, instintivamente comenzaron a buscar otra fuente de queso.

No se detuvieron a analizar o a reflexionar, simplemente reaccionaron rápidamente. Los hombrecitos, por su lado, se paralizaron.

Hem se molestó, Haw no entendía que pasaba. Al pasar los días, se fueron molestando, asustando, etc., pero no hacían nada; volvían todos los días a buscar su queso en el mismo lugar.

Algunos días después, Haw reacciona y decide hacer algo al respecto. Después de tratar infructuosamente de convencer a Hem de buscar queso, decide aceptar el reto de tomar el control de su destino y buscar nuevas fuentes de queso.

Tras su decisión, Haw se siente emocionado y contento. Su búsqueda se torna divertida. Comienza a imaginar nuevos tipos de queso y a disfrutar del cambio.

A pesar de sus intentos, Haw no logra convencer a Hem de unirse a la búsqueda.

Hem decidió que, incluso si conseguía una nueva fuente de queso, no le gustaría. No se sabe que pasó con él, probablemente murió de hambre.

Finalmente, Haw consigue queso: más del que nunca imaginó. A lo largo del proceso, Haw aprende varias lecciones de la vida, que van moldeando su nueva filosofía.

Las anota en la pared del laberinto:

- El cambio ocurre. Anticípelo.
- No se aferre a viejas ilusiones.
- No se aferre al miedo. Enfréntelo y deseche lo irracional.
- Esté pendiente de los pequeños cambios en su situación. Los pequeños cambios son la base de los grandes cambios.
- Esté preparado para adaptarse rápidamente, cambiándose usted mismo.
- Disfrute el cambio – saboree la aventura de partir en nuevas direcciones.
- Esté preparado para cambiar otra vez; recuerde, siempre hay queso nuevo.

Comentario

Esta corta fábula trata acerca de la forma cómo las personas manejan el cambio, algo que instintivamente tratamos de evitar o minimizar, pero que ocurre y es inevitable.

El queso es una metáfora para cualquier cosa que quiera o necesite en su vida. Es su objetivo. Para los ratones, lo que quieren es queso. Para los humanos, puede ser felicidad, éxito, dinero, etc.

El laberinto es una metáfora de la vida, cualquiera sea el sitio donde las personas pasan su tiempo buscando aquello que quieren o necesitan.

Ante la desaparición del queso al que estaban acostumbrados (el cambio), cada uno de los cuatro personajes reacciona en forma distinta, de acuerdo a su personalidad:

- Kif está preparado y busca el cambio temprano
- Kof reacciona y actúa rápidamente
- Hem se resiste al cambio
- Haw se adapta y logra ver al cambio como una mejora

Ante los inevitables cambios, debemos reaccionar, adaptarnos y actuar rápidamente. Posteriormente debemos disfrutarlos y entenderlos como mejoras.

Extraído de Resumido.com
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John Lennon: asesinar el símbolo (1980)

Autor: Enrique Santos Calderón

Woody Allen lo había previsto. Se lo imaginó, lo anticipó y lo plasmó magistralmente en su película Recuerdos, cuando sueña que un fanático suyo le desgaja tres tiros después de decirle que le fascinan todas sus películas. Woody Allen vive torturado por la celebridad. Que lo persigue por todos lados, y Recuerdos describe sus riesgos mortales. Los hechos le han dado la razón mucho antes de lo pensado, y más allá de lo que se hubiera podido imaginar.

John Lennon, asesinado de cuatro balazos por un hincha a quien le había firmado a regañadientes un autógrafo. Los nuevos peligros de la celebridad, se dirá. La amenaza siempre presente de toparse con los psicópatas que tratan de apuñalar Papas o desfigurar Monalisas. De volverse, ellos también, célebres.

Pero el hecho es que han asesinado a John Lennon, el más talentoso de los Beatles. Y, con él, a todo un símbolo y una identidad. Parte del alma nuestra. Para quienes aprendimos a descubrir facetas de la vida y del mundo con los Beatles, es difícil no sentir en carne propia esta muerte abrupta y violenta: no experimentar una extraña sensación de vacío.

Muerte que nos obliga a volver sobre nuestro pasado, al que están tan vitalmente ligados: A Hard Day’s Night, o Sgt. Pepper, o Abbey Road, o tantas otras canciones o álbumes que evocan todos un periodo determinado, una vivencia particular.

Los Beatles fueron un fenómeno que, como tanto se ha dicho, trascendió clases, edades y fronteras. Pero que afectó de un modo especial a quienes coincidimos generacionalmente con ellos. Tal vez porque los sentimos más de cerca.

En lo musical, y también en lo humano, personificaron lo mejor de esa utopía un poco anglosajona que fue la rebeldía, el cambio caótico y la libre creatividad de los años sesenta.

Pero más que el pelo largo que inauguraron con tanto estruendo, o que la etapa psicódelica de las drogas, o la contemplativa de la meditación, o la del compromiso político durante la guerra del Vietnam, fueron la síntesis y proyección de “algo” –afortunadamente no muy definible– que cambió la actitud de toda una generación. Expresaron incluso el reflujo y el llamado egocentrismo de la década del setenta, en su disolución como equipo, en la escogencia de caminos individuales y, sobre todo, en su silencio.

Y ahora, en los ochenta, John Lennon, quien fue siempre el elemento clave de ese fenómeno cultural que eran los Beatles, su “cabeza pensante”, el más atrevido y brillante, quería volver con nuevos mensajes. Luego de cinco años de silencio total y reclusión doméstica (“era un ama de casa perfecta”, decía), acababa de sacar un disco, Double Fantasy, dirigido, según su última entrevista, “a quienes crecieron conmigo”.

Se trata, como podría suponerse, de un balance maduro y reflexivo de su vida. Una letra hermosa, una música regular y la infalible presencia de Yoko Ono, quien acapara la mitad del disco con su monótono sonsonete. Lo asesina, pues, un “devoto suyo desde los 10 años”, según cuentan las agencias, precisamente cuando salía de la concha luego de largos años de resistir las incesantes presiones del “show business”, de negativas rotundas a figurar en público y de rechazar tentaciones de toda clase (¿Por qué no un disquito este año?). Se puede alegar, claro, que con 30 millones de dólares de patrimonio, sabiamente administrados por la sagacidad japonesa de Yoko Ono (ella se ocupaba “de los bancos y esas cosas” y John de su hijo y de la casa), toda presión era fácil de resistir.

Pero es más que eso. Hay que creerle cuando dijo que estaba aprendiendo a “escuchar de nuevo”, a ser John Lennon, a buscar raíces, a tomarse, en fin, a los 40 años, “su tiempo” antes de que fuera demasiado tarde. Ese tiempo se le acabó en el momento menos pensado, pero ésta es apenas una de las muchas ironías en la muerte violenta de John Lennon, ese apóstol de la paz.
También se puede decir que su muerte corresponde al tipo de música, de vida y de actitudes que ellos habían desencadenado.

Pero tampoco sería justo. Lennon nunca incitó a la violencia, ni se suicidó, ni pereció por sobredosis de drogas como una Janis Joplin, un Jimi Hendrix o un Jim Morrison. Lo que lo acabó no fue la vida rápida a la que cantaba Morrison en “de aquí no sale nadie vivo”, aludiendo al mundo frenético del rock.

En el momento en que se cruzó con Mark Chapman, Lennon era un o de equilibrio emocional y de paz espiritual. Fue sencillamente la primera estrella del rock que muere asesinada y, no por casualidad, una de las más grandes. La primera, aunque posiblemente no la última. Porque estas cosas prenden. Y en materia de asesinatos espectaculares era el único que estaba faltando en Estados Unidos.

Si lo que buscaba era inmortalizarse, el joven Chapman escogió bien su víctima: al Beatle que era. No hubiera sido lo mismo con Ringo Starr, ni con George Harrison, ni incluso con Paul McCartney, todos ablandados y mediocrizados, un poco fofos, con la prosperidad y el conteo implacable de los años. Lennon estilizado y ascético, nunca perdió su rebeldía inicial, ni su capacidad para burlarse del éxito y de su propia imagen. De hecho, siempre reivindicó su origen de muchacho semi-lumpen de lúgubre barriada obrera de Liverpool, abandonado por el padre a los tres años y huérfano a los catorce cuando su madre murió arrollada por un bus.

Working Class Hero y Mother –de las primeras canciones que sacó solo, luego del rompimiento– evocan con nostalgia, amargura y mucha fuerza este periodo de su vida.

Los Beatles en general, y Lennon en particular, transitaron por etapas muy diversas y casi contradictorias en su vida. Lo normal en quienes de tocar en bares de mala muerte en el Hamburgo de 1958 pasaron a convertirse en semidioses de la juventud en 1965, con 250 millones de discos vendidos. Y John Lennon vivía con especial intensidad cada fase de su vida, aunque la una no fuera la consecuencia lógica de la otra. De esa arrogancia, siempre burlona, que lo llevó a decir que ellos eran “más conocidos que Jesucristo”, pasó a la humildad oriental bajo la tutela constante de Yoko Ono.

Esta enigmática japonesa fue una influencia decisiva en su vida. Para bien o para mal, porque aquí se dividen las opiniones. Fue quien lo lanzó a la búsqueda de sí mismo: “Tú eres John Lennon.
Tú eres John. Eres Lennon. Antes de ser un Beatle. Antes y después”. Yoko se le volvió tan indispensable que en su última entrevista radial, pocas horas antes de su muerte, Lennon decía que aspiraba a morir antes que Yoko porque “no sabría sobrevivir sin ella”.

Tan aguda dependencia, muy manifiesta en los últimos años, despierta explicables sospechas machistas. Sobre todo cuando Yoko insistía en figurar en absolutamente todos los aspectos de la vida de Lennon, en sus discos, en sus entrevistas, en sus negocios. Pero era él quien se encargaba de advertir: “Es John Lennon y Yoko Ono”. Los otros Beatles nunca la quisieron y Paul McCartney llegó a detestarla. Presumiblemente por la manera como lo absorbió y lo sustrajo del mundanal ruido.

Y ya no se sabrá qué nos quería decir John Lennon ahora que se había decidido a grabar de nuevo. Double Fantasy es apenas un avance fugaz, y algo decepcionante, para decir verdad. Y es que Yoko Ono, pese a todos sus cuidados orientales, no pudo sustraerlo de la realidad real. De esa realidad absurda, violenta e inesperada que se encontró en la forma de un celador desempleado frente a su apartamento la noche del 8 de diciembre.
Una muestra contundente de lo que significaba John Lennon ha sido la repercusión internacional de su muerte. Ese día, el mundo entero se olvidó por un momento de la inflación y de la crisis del petróleo, de Reagan y de Brezhnev. Y en la Unión Soviética, donde los Beatles eran inmensamente populares entre la juventud, y relativamente tolerados entre el gobierno (habían sido “consecuentes” durante Vietnam), Tass dedicó un artículo desacostumbradamente largo a comentar el hecho.

Claro que el fenómeno amenaza con convertirse en lo que el hombre más rechazaba. Sobre su cuerpo aún caliente, la industria cultural del “pop” ha desatado ya una ruidosa –y jugosa– campaña de mistificación. Ya los “mass media” no encuentran qué otra anécdota de su vida contar, qué nuevo adjetivo colgarle. Lloverán los afiches, biografías, viejos discos, entrevistas de Yoko y de medio mundo, artículos como éste, en fin, todo sobre la vida y milagros de quien nunca quiso ser víctima de su imagen. Es más, sobre quien despreciaba su propia popularidad y toda la parafernalia seudointelectual que la alimentaba.

“Detesto el culto de los héroes muertos” –dijo Lennon en una entrevista de refiriéndose a James Dean, Jim Morrison y John Wayne–, “admiro a los que sobreviven”. Es la doble ironía de su muerte. Tenía una fe arrolladora en la vida y no logró sobrevivir. Despreciaba los cadáveres ilustres y ya se convirtió en el más célebre de los ídolos muertos.

Extraído del libro “Fiestas y funerales” de Enrique Santos Calderón.












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Inglaterra tiene nuevos reyes: The Beatles

Autor: Manolo Bellón

1963 comenzó para The Beatles con una gira, su primera como cabeza de cartel. Hicieron cuatro presentaciones en Escocia, donde fueron anunciados como The Love Me Do Boys (Los chicos de Love Me Do).

En febrero regresaron a Londres a solicitud de George Martin, para grabar su segundo sencillo. Martin insistió en que fuera How Do You Do It, tema al que le veía gran potencial. La canción era administrada por un amigo suyo conocido como Dick James (Richard Leon Vapnick), un cantante que había alcanzado cierto éxito en los años cuarenta y que para finales de los cincuenta ya había empezado a administrar canciones en lugar de interpretarlas. James se haría conocido a finales de los sesenta por manejar los temas de Elton John.

11 de febrero de 1963. The Beatles le insistieron a Martin en que tenían mejores canciones. De nuevo, él les propuso que le mostraran algo. Tocaron Please Please Me, tema que John había escrito unos años antes. La canción, con marcada influencia del blues, no impresionó a Martin. Tras darle unas vueltas al asunto, él sugirió que podría sonar mejor si la tocaban más rápido. La venenosa sencillez y los giros del lenguaje, que serían el sello de las canciones de Lennon, convencieron a Martin, quien decidió lanzarla como cara A del siguiente sencillo. Cuando terminaron la grabación, desde la mesa de control, les dijo con seguridad: “Señores, ¡acaban de grabar su primer número uno!”

Mientras el disco salía al mercado, Epstein mantenía a sus muchachos bien ocupados haciendo conciertos. Fueron teloneros de una intérprete que la juventud adoraba, Helen Shapiro, cuya carrera estaba llegando al ocaso. Fueron días enteros viajando de ciudad en ciudad, por gran parte de Inglaterra, en la camioneta de Aspinall. Epstein tenía claro que los muchachos debían hacer estas giras para promocionarse ante su público.

A finales de febrero, Parlophone lanzó el sencillo al mercado, y casi inmediatamente apareció en los listados de Melody Maker, en un sorprendente puesto 47. Mientras el duro invierno del norte de la isla calaba los huesos de los chicos, quienes ya acusaban el cansancio de la rutina de viajes y conciertos, Please Please Me ascendía, en su segunda semana en listas, al puesto 37, y luego al 21, para llegar al noveno lugar en su cuarta semana. El 2 de marzo de 1963, The Beatles tocaron el cielo al alcanzar su primer número uno en las listas de Inglaterra.

Esa misma semana, The Beatles regresaron a los estudios de EMI en Abbey Road para grabar un larga duración: ahora que tenían dos éxitos en listas, era necesario. Tocaron temas originales, canciones de otros artistas que les gustaban y algunas de las que interpretaban en sus presentaciones. Cuenta la leyenda que cuando faltaban apenas quince minutos para que se acabara el tiempo de estudio asignado, Martin y los muchachos decidieron grabar una canción más, para completar un disco de catorce temas. En forma espontánea tocaron una canción que tenía gran éxito en sus presentaciones, Twist and Shout, original del grupo estadounidense The Isley Brothers.

Después de terminar el disco, las presentaciones continuaron. Ahora, The Beatles eran parte de un grupo de artistas de Liverpool manejados por Epstein. Cuando estaban disponibles, se presentaban juntos. Billy J. Kramer & The Dakotas, The Big Three y Gerry and The Pacemakers tocaron con The Beatles en esta época.

El 9 de marzo iniciaron una gira abriendo los conciertos de los ídolos americanos Tommy Roe y Chris Montez. Antes de terminar las veintiún fechas ya encabezaban el cartel, y su popularidad crecía a una velocidad increíble.

Mientras todo esto pasaba, Cynthia Powell-Lennon vivía en la soledad de la casa de Tía Mimi, viendo a distancia, con una mezcla de orgullo y asombro, la meteórica carrera de su marido. Nunca pensó que lograría tanta fama, ni que sería tan rápido. Experimentaba cierta desazón, porque no podía compartir plenamente el éxito de su esposo. John iba a visitarla cada vez que sus compromisos se lo permitían. Jamás trató de evadir su responsabilidad como esposo y futuro padre, pero la ascendente carrera de The Beatles lo obligaba a estar lejos de Liverpool con mayor frecuencia y por periodos cada vez más largos. Cynthia trataba de llevar una vida tan normal como le era posible, guardando el secreto de su matrimonio y su embarazo. Un sábado de abril, mientras estaba de compras en el distrito de Penny Lane, comenzaron los dolores de parto. Regresó a casa y por la noche una ambulancia la llevó al Sefton General Hospital, donde durante dos días, en absoluta soledad, estuvo en trabajo de parto.

El lunes 8 de abril de 1963, en las horas de la mañana, dio a luz a un niño, al que John le pondría por nombre Julian, en homenaje a su mamá. Ni siquiera el personal de la clínica sabía que la paciente era la esposa de John Lennon. Epstein había separado para ella una habitación privada bajo el nombre de Cynthia Powell. Cuando el bebé nació, John estaba de gira. Brian lo llamó inmediatamente, le dio la noticia y le pasó a su esposa el teléfono. Ella le dijo que estaba feliz, pues el niño se parecía mucho a él.

Pasó una semana antes de que John pudiera conocer a su primogénito. Llegó a la clínica con gafas oscuras, un bigote falso y un inmenso sombrero. Pero la habitación tenía un ventanal que daba al salón general, y de esta forma fue identificado. La visita se echó a perder. Antes de que alguien pudiera hacer cualquier asociación entre el recién nacido y John, él le dio instrucciones apresuradas a Cynthia. En primer lugar, Epstein sería el padrino de bautismo del niño. En segundo lugar, una vez terminada la gira del grupo, John se iría de vacaciones con su representante. Por último, tan pronto tuviera un momento, compraría una casa e instalaría a Cynthia y al niño en unas condiciones más adecuadas. Dicho esto, salió corriendo de la clínica.

Cynthia estaba frustrada. Apenas alcanzó a compartir unos minutos tranquilos con el padre de esa pequeña vida que tenía en sus brazos, cuando ya se había marchado, y no en los mejores términos. Cuando le reclamó por su escaso interés en el bebé y el poco tiempo que pasaba con ellos, John la acusó de ser egoísta: ¿acaso no comprendía que después de meses de duro trabajo, por fin él tenía la oportunidad de tomarse unas vacaciones? Cynthia desconfiaba: su esposo se iría de paseo con un homosexual reconocido. De todas formas John se marchó y Cynthia volvió a la soledad, su gran compañera durante los años venideros.

En Liverpool, las familias de apellido Lennon, Harrison, McCartney y Starkey estaban al borde de la desesperación. Sus teléfonos sonaban todo el día y toda la noche: periodistas y fanáticos enloquecidos llamaban para averiguar si ese era el lugar de residencia de alguno de los Beatles. Con el paso de los días la situación se hacía más complicada, y los poseedores de esos nombres —famosos de un día para otro— comenzaban a perder los estribos.

Un periodista que se llamaba George Harrison recibió centenares de cartas dirigidas simplemente a George Harrison, Liverpool. Casi todas le pedían un mechón de pelo, señal de la creciente locura que provocaban The Beatles. En una de sus columnas, el periodista escribió sobre su homónimo y los compañeros de este, a propósito de la presentación del grupo en el programa de televisión Thank Your Lucky Stars y el éxito de su sencillo Please Please Me. Allí se preguntaba si la fama de los muchachos sería duradera, o si en seis meses estarían nuevamente en el anonimato. Esta pregunta habría de responderla la historia. Con la avalancha de cartas que empezó a recibir, Harrison se convirtió en fanático de la banda.

El 16 de abril, The Beatles debutaron en la televisión nacional británica, en el programa The 625 Show, de la BBC. El público y la crítica estaban de acuerdo en que “visual y musicalmente era el grupo más emocionante y completo que surgía en la escena desde The Shadows” (el grupo de Cliff Richard).

La canción Please Please Me fue sucedida en el primer lugar de las listas por Summer Holiday, del gran ídolo inglés Cliff Richard. Este a su vez cedió la posición a How Do You Do It, de Gerry and The Pacemakers. Esto confirmaba la intuición de George Martin respecto al gran potencial de la canción. Gerry y su grupo —representados también por Epstein, quien los uniformó, como lo había hecho con The Beatles— a la postre tuvieron un éxito efímero, pero cuando Epstein anunció que manejaría otro artista, el alboroto en el puerto fue grande: el hombre que había hecho a The Beatles iba a repetir con otros hijos de la tierra. En una rápida sucesión de contratos, Epstein firmó a Johnny Quickly, Billy J. Kramer and The Dakotas, The Big Three, The Fourmost y Cilla White. Estos artistas tuvieron éxitos pasajeros —algunos producidos por George Martin— y pasaron al olvido.

El 4 de mayo del mismo año el siguiente sencillo de The Beatles, From Me to You, inspirado en una columna de cartas del lector del New Musical Express, que llevaba por nombre “From Us to You”, (De nosotros para ustedes) se convirtió en su segundo número uno en las listas inglesas. Si se considera que Please Please Me fue primero en tres de los cuatro listados ingleses y From Me to You en los cuatro, se puede decir que con este tema comenzó una racha de éxitos no superada por ningún otro artista. The Beatles tuvieron once primeros lugares consecutivos en las listas inglesas. From Me to You vendió seiscientas cincuenta mil copias y estuvo en el tope de las listas durante siete semanas.

Estos jóvenes despertaban una adoración sin precedentes. Para la muestra, un botón: en Hanley, tres chicas fueron detenidas después de trepar por una escalera metálica más de treinta metros para llegar a la ventana de su camerino en el Gaumont Cinema. Fueron liberadas sin que se levantaran cargos, pero se negaron a irse hasta obtener el autógrafo de sus ídolos.

A medida que crecían los desórdenes y la histeria en torno a The Beatles, Epstein contrataba más personal. Así llegó Malcolm Mal Evans, el encargado de la seguridad en The Cavern, para formar parte del grupo de apoyo al lado de Aspinall. Ellos eran los encargados de manejar la logística de escenarios, movilizar los equipos y, por supuesto, proteger a las estrellas.

El 18 de mayo de 1963, The Beatles iniciaron su tercera gira británica. Eran segundos en el cartel, por debajo de la estrella norteamericana Roy Orbison y por encima de Gerry and The Pacemakers. Muy pronto los papeles cambiaron: la reacción del público fue tan favorable a The Beatles que encabezaron la gira durante buena parte de las veintiún fechas.

Esta gira marcó el comienzo de varias cosas. La periodista Maureen Cleaves del Evening Standard –ahora la gran prensa se interesaba en los muchachos de Liverpool– hablaba de lo divertidos y humorísticos que eran The Beatles, y los comparaba con los Hermanos Marx. Por primera vez las entradas a sus conciertos aparecieron en el mercado negro. En alguna entrevista George Harrison dijo inocentemente que le gustaban ciertos dulces blandos conocidos como jelly babies. Durante la gira, las fanáticas tiraban cientos de estos dulces al escenario. En los hoteles, en sus vehículos, donde quiera que iban, cientos y cientos de jelly babies les caían de todas partes.

Terminada la gira, The Beatles se tomaron unas vacaciones. Paul, George y Ringo viajaron a las islas Canarias, donde el padre de su amigo alemán Klaus Voorman les prestó su casa de recreo. Se cuenta que Paul casi muere ahogado al alejarse de la playa y ser arrastrado por las olas. Luego regresaron a Liverpool, renovados y convertidos en músicos profesionales; ya no necesitaban otros trabajos para sobrevivir.

Por su parte, John había aceptado la invitación de su representante para ir a Barcelona. Epstein tenía en mente la conquista, pero pese a los rumores de tantos años, no hay ninguna indicación de que el coqueteo haya surtido efecto. Lo intentó, sin duda, pero al final se conformó con saber que el hombre al que amaba era simplemente un buen amigo que no lo juzgaba. Era la primera vez que Eppy, como le decía John, podía hablar abierta y francamente sobre su condición de homosexual. Para él este viaje fue una experiencia de liberación, pero también de frustración, pues tenía a John más cerca que nunca, pero más lejos de lo que habría querido. Las personas cercanas –Cynthia, la familia de Brian, los empleados de NEMS– estaban preocupadas por lo que pudiera pasar.

El 4 de junio comenzó la primera de una serie de programas en la BBC de Londres titulada Pop Go Beatles. Esto cambió repentinamente la vida de Cynthia. La casa de Tía Mimi fue sitiada por fotógrafos, cazadores de autógrafos y fanáticos en general. Si en los últimos meses el matrimonio había pasado por momentos difíciles, ahora la situación era peor. Cuando tenía que salir, la joven debía disfrazarse y escapar por la puerta de atrás con Julian. En alguna oportunidad fue detenida por una fanática que la acusó de tener un hijo ilegítimo de John; sin mediar palabra la multitud allí presente intentó atacar a la esposa del Beatle.

Para agravar la situación, Tía Mimi y Cynthia no se querían. Las peleas entre ellas eran continuas. Las relaciones se deterioraron aún más cuando la madre de la chica decidió regresar a Liverpool para vivir con su hija y atender a su nieto. En los siguientes seis meses, John sólo se dejó ver unas cuantas noches, entrando subrepticiamente y desapareciendo antes del amanecer. La casa que le había prometido a su esposa demoraría en llegar.

Por su parte, Ringo tenía un romance con una fanática de The Cavern, Maureen Cox, aspirante a estilista que iba al club al mediodía. La música del grupo le gustaba, y también le gustaba el baterista. En una oportunidad, azuzada por una amiga que la retó a besar a Paul en la boca, subió al escenario después de un concierto y, en efecto, le estampó un beso. Aunque ganó la apuesta se sintió mal, pues realmente quería besar a Ringo. Para arreglar las cosas, también a él le estampó un beso.

De los cuatro, Ringo era tal vez el más impactado por la repentina fama; aunque parecía extrovertido, en el fondo era bastante tímido. La menuda rubia, a la que había visto en varios conciertos, le había llamado la atención. Finalmente un día fueron presentados y Ringo le preguntó si pensaba asistir al concierto de la noche. Los grandes ojos negros de Maureen brillaron mientras respondía que sí. La invitó a bailar, pero había un inconveniente: ella sólo tenía diecisiéis años y debía regresar a casa a medianoche; el grupo terminaba de tocar a las once de la noche. Acordaron entonces verse por la tarde, cuando Maureen saliera de turno.

La química entre los dos fue inmediata. El sencillo y poco educado Ringo halló en la vivaz Maureen una mujer alegre y descomplicada. Para ella, que había sido seguidora del baterista desde las épocas de The Hurricanes, era increíble que algo así estuviera sucediendo. Pero al igual que Cynthia, se sentía frustrada porque no podía estar con él tanto como hubiera querido. Fueron seis meses de continuas giras que ocasionalmente les dejaban una hora libre para verse, después de la presentación del grupo y antes de que ella tuviera que volver a casa.

Maureen no volvió a salir con otros chicos, y aparentemente Ringo tampoco volvió a salir con otras chicas. Ella estaba enamorada pero intentaba no soñar con el matrimonio; sabía que eso para un Beatle era imposible, inconcebible. Sin embargo, albergaba la ilusión de que tal vez cuando tuviera dieciocho años podrían estar juntos...

El 18 de junio de 1963, Paul cumplió veintiún años. Se reunieron para celebrarlo con algunos amigos y dos grupos: The Fourmost y Scaffold. Este último, que apenas comenzaba a surgir, contaba en sus filas a Michael McGear, antes conocido como Michael McCartney. Aunque seguía en el negocio de la peluquería, cada vez que hacía una incursión en el arte adoptaba el nombre de McGear, para que no se dijera que se aprovechaba de la fama de su hermano. La fiesta no podía hacerse en casa de Paul porque los fanáticos no los habrían dejado tranquilos. La hicieron donde la tía Ginny, una de las hermanas de Jim McCartney que los había apoyado tras la muerte de la madre de Paul.

En medio de los tragos, Bob Wooley, el disc jockey que había presentado a The Beatles en The Cavern y The Casbah, le preguntó a John si los rumores acerca de sus vacaciones en España con Brian Epstein eran ciertos. Enfurecido, John la emprendió contra Wooley y le dio una impresionante paliza, fracturándole tres costillas. El DJ demandó a John y Epstein tuvo que intervenir; no le convenía que saliera a la luz pública la demanda, y mucho menos el asunto de las vacaciones. Mandó a su abogado Makin a negociar con el ofendido y arreglaron el problema por doscientas libras, una suma considerable para la época y para Liverpool. Fue la última pelea de John, pues se sintió muy mal y juró que no volvería a atacar a nadie físicamente.

Entre tanto, Brian Epstein seguía preocupado por otros asuntos. Pese a los éxitos de The Beatles en las listas de popularidad, Londres no parecía interesarse en ellos. Ocasionalmente aparecía en la gran prensa de la calle Fleet alguna nota sobre el exitoso grupo del norte, pero nada más. Epstein pensaba que esto se debía a un boicot de los hermanos Grade, Lew —dueño de la productora de televisión independiente más grande de Inglaterra— y Leslie. Ellos querían ser los representantes del grupo. Ofrecieron a Epstein manejarlos por un diez por ciento del producido. Él solamente tendría que rebajar su participación a quince por ciento, y todos tan contentos. Pero a Epstein no le sonó muy bien el asunto. Ganaba bastante dinero con The Beatles y estaba manejando otros artistas, a los cuales ponía como teloneros: así ganaba por todos los frentes.

Aunque entendía que la asociación podría beneficiar a The Beatles, su representante prefirió negarse y sufrir la “censura” de Londres. Confiaba en que la fuerza del grupo era de tal dimensión que podría sobrepasar los intentos de bloqueo de los hermanos Grade y obligar a Londres a volver los ojos hacia ellos.

En agosto fue lanzada en Liverpool la revista Beatles Monthly, que se publicó hasta diciembre de 1969 y en su mejor momento alcanzó una circulación de trescientos cincuenta mil ejemplares. El 10 de septiembre, The Beatles recibieron en un almuerzo en el Hotel Savoy, en la recalcitrante Londres, el galardón como mejor grupo vocal del año del Variety Club of Great Britain. El 14 de septiembre, como una bomba de la Luftwaffe veintitrés años atrás, cayó sobre Londres y el resto de Inglaterra su nuevo sencillo, con la composición de Lennon y McCartney She Loves You: un ataque masivo de recias guitarras y las voces de John y Paul azotando los oídos con su “She loves you, yeah, yeah, yeah…”. Hubo pedidos anticipados de trescientas diez mil copias y las ventas llegaron al millón seiscientas mil, arrasando todas las marcas en la música británica. Fue el sencillo más vendido de la historia en Gran Bretaña, récord que sostuvo hasta 1977, cuando Paul, como solista, lanzó Mull of Kyntyre.

She Loves You fue un clásico instantáneo, un himno cuyos ecos llegaron hasta los confines mismos de la Tierra. Pocos fueron los rincones del mundo que no cayeron rendidos ante la avalancha de sonidos excitantes que producían estos cuatro jóvenes de Liverpool. Era algo irresistible, algo que la juventud podía entender, asimilar, cantar con rabia y con alegría, a todo pulmón. Era el adiós final a los ritmos inanes de música bailable: el twist, el hully gully, el pony time, el mashed potato y otras modas pasajeras. Con esta canción de The Beatles quedó condenada esa primera generación de artistas con caras bonitas y voces bellas, sin mayor talento que el de interpretar dulzonas canciones de amor, que la industria fonográfica había creado a finales de los años cincuenta.

Con este sencillo, el genio de George Martin logró compilar en dos minutos y dieciocho segundos lo mejor de todas las grabaciones anteriores de The Beatles: las espléndidas rimas, una letra venenosamente sencilla, con alegría y tristeza a la vez, y ganchos musicales casi en cada nota. She Loves You se convirtió en la marca registrada de The Beatles.

Así comenzaba una nueva era. La beatlemanía había llegado finalmente a toda Inglaterra. Ya nada sería igual. Cuando el padre de Paul oyó la canción le rogó a su hijo cambiar el espantoso “yeah, yeah, yeah” por el gramaticalmente correcto “yes, yes, yes”. Pero había nacido un mundo nuevo en la música, un nuevo lenguaje: el inglés de Shakespeare debía dar un paso al costado para abrirle camino al idioma de los jóvenes.

Apenas tres semanas más tarde, el 4 de octubre, el éxito de la canción llevó a The Beatles a debutar en el popular programa de la nueva cadena independiente de televisión ITV, Ready, Steady, Go!, doblando tres canciones. El mismo día, el nueve de la BBC emitió su documental The Mersey Sound, que relataba el fenómeno musical en el puerto de Liverpool y el norte de Inglaterra.

En Londres, los hermanos Grade fueron ahogados por centenares de cartas en las cuales les pedían que presentaran a The Beatles en Sunday Night at the Palladium. Los empresarios tuvieron que agachar la cabeza y llamar a Brian Epstein, quien esta vez las iba a ganar todas. Aceptó la invitación, pero exigió que sus muchachos fueran cabeza de cartel. Los Grade no pudieron sino aceptar sus condiciones.

El domingo 13 de octubre por la noche, quince millones de televidentes vieron el programa, una cifra inaudita para 1963. El día de la presentación la calle Argyle, donde queda el teatro Palladium, se colmó de aficionados que esperaban a The Beatles. Era cuestión de tiempo para que los noticieros de televisión y los periódicos se percataran de lo que sucedía. Al día siguiente, según un periodista de la época, entre quinientos y varios miles de aficionados estaban en la calle esperando la limosina que transportaba al grupo. Los titulares destacaron la presentación. Ahora sí, sin ayuda de ninguno de los grandes empresarios citadinos, los artistas de aquella atrasada y lejana ciudad de Liverpool —muy distinta de la sofisticada capital inglesa–conquistaban a la prensa capitalina. Los titulares hablaron por primera vez de la beatlemanía.

El 16 también hubo titulares para The Beatles en la prensa londinense. El socio de los hermanos Grade, Bernard Delfont, anunciaba que el grupo actuaría el 5 de noviembre en una presentación de orden real (Royal Command Performance), con la asistencia de la Reina Madre y la princesa Margarita.

La prensa cayó masivamente sobre los jóvenes. Un enjambre de fotógrafos y periodistas los siguió a los hoteles, a los estudios de grabación donde el 17 de octubre grabaron su primer disco de Navidad, y al aeropuerto cuando partieron a su primera gira por Suecia. De repente The Beatles tenían que aprender a esquivar no sólo a sus fanáticos, sino también los inquisitivos lentes de la prensa.

El viaje a Suecia fue la primera salida internacional de The Beatles después de las visitas a Hamburgo, que ya parecían tan lejanas. El 25 de octubre hicieron la primera de sus presentaciones en Estocolmo. Cantaron I Saw Her Standing There; From Me to You; Money (That’s What I Want), canción de rhythm and blues compuesta e interpretada por Barret Strong en 1960; y You Really Got a Hold on Me, de otro monstruo de la Motown, “Smokey” Robinson y su grupo The Miracles (1962). Cerraron con el clásico de la leyenda del rock and roll Chuck Berry, Roll over Beethoven (1956). Las tres últimas canciones de este concierto harían parte de su siguiente disco. El viaje fue todo un éxito, con veinticinco minutos en el canal nacional de televisión.

Regresaron a Londres y se encontraron con un aeropuerto lleno de público. De pronto, por primera vez, The Beatles empezaban a percibir el impacto que tenían en el público inglés. Los muchachos y Epstein quedaron desconcertados por la locura que generaban. Estaban aterrorizados con la presentación ante la realeza, que tendría lugar el 4 de noviembre en el teatro Príncipe de Gales. Esta fue grabada y emitida el siguiente domingo 10 de noviembre por televisión y, para quienes no tenían acceso a la caja de sueños, transmitida por la radio. La sintonía alcanzó el cuarenta por ciento del total de televidentes, unos doscientos sesenta mil.

En su presentación ante la Reina Madre, The Beatles cantaron estas canciones: She Loves You –por supuesto–, Till There Was You y Twist and Shout. Till There Was You era el tema de un musical de Broadway, The Music Man, que The Beatles habían conocido en la interpretación de Peggy Lee. Paul presentó la canción diciendo que era de “nuestro grupo americano preferido, Sophie Tucker”. Estos toques de humor daban un ambiente muy agradable a sus presentaciones. Luego, John presentó Twist and Shout con estas palabras: “Para nuestro último número quiero pedir su ayuda. Los de las localidades baratas, acompañen con las palmas. Y los demás simplemente sacudan sus joyas”. Como quedó consignado en el volumen 1 de la Antología, la carcajada del público no sólo vino de las localidades baratas. The Beatles conquistaban a todos por igual. La Reina Madre, después de la presentación, dejó en claro que había captado la broma de John. Les preguntó dónde sería su siguiente función y cuando le respondieron que en Slough, un centro industrial de Berkshire, en el occidente del área metropolitana de Londres, comentó: “¡Ah, cerca de nuestra casa!”

Al día siguiente, los titulares de prensa destacaron la salida de John. El Daily Express escribió: “The Beatles sacuden a la realeza”. El más diciente titular fue el del Daily Mirror, que consignó a todo lo ancho de la página: “¡Beatlemanía!” En página editorial, bajo el título “Yeah, Yeah, Yeah!”, el diario decía: “Hay que ser un completo amargado para no adorar a los locos, ruidosos, felices y buen mozos Beatles. Si ellos no arrasan con sus tristezas, hermano, usted es una causa perdida. Si no le ponen ritmo a sus pies, hermana, usted no está escuchando”.

También había titulares no tan agradables. Las peleas por conseguir boletas para los conciertos y los desórdenes en los alrededores de los escenarios donde se presentaban y los hoteles donde se hospedaban eran reseñados y explotados por algunos medios. Otros asumían una postura crítica, como The Daily Telegraph. Este periódico afirmaba que la histeria masiva que despertaban The Beatles era una forma de llenar cabezas vacías, como lo que había hecho Hitler con la juventud en Alemania. En una asamblea de jerarcas de la Iglesia de Inglaterra, un obispo se refirió a ellos como un grupo “sicopatético”, y afirmó que con las ganancias que obtenían en una semana se podría construir una catedral en África. Otro diario contrató a un psicólogo —algo que se volvería común en los años siguientes—, quien afirmó que The Beatles “aliviaban una necesidad sexual” en los jóvenes. Algunos médicos declararon que las adolescentes tenían orgasmos en sus conciertos.

El 14 de noviembre, en un concierto en Plymouth, las autoridades tuvieron que sacar los vehículos lanza-agua para disolver una manifestación de fanáticas histéricas. Algunos días antes, los jóvenes habían tenido que escapar disfrazados de policías después de un concierto en Birmingham. El 17 de noviembre fueron noticia cuando John Weightman, rector del colegio de primaria Clark en Guildford, Surrey, anunció que los estudiantes que usaran el corte de pelo caracteristico de The Beatles serían devueltos a sus casas. “Ese ridículo estilo saca lo peor de cada joven físicamente. Los hace lucir como tarados”, dijo. Pero la moda crecía, igual que la venta de los sacos sin cuello.

El 21 del mismo mes, uno de los miembros de la Cámara de los Comunes solicitó al secretario que ordenara a la Policía suspender la protección a The Beatles en Londres. No entendía que se distrajera a los bobbies de su labor de protección de la ciudadanía por unos músicos que, si necesitaban custodia, podían contratarla.

Al otro lado del Atlántico, los estadounidenses permanecían completamente ignorantes de lo que ocurría en la música de Gran Bretaña. En medio del luto causado por el asesinato del presidente, la música atravesaba por uno de sus momentos menos emocionantes. Tenían éxito artistas insulsos, como los dúos de Paul and Paula y Dale and Grace, con su imagen de perfección; Bobby Vinton, Bobby Vee, Tommy Roe y Steve Lawrence, entre otros. Había grupos como The Four Seasons, Peter, Paul and Mary y The Beach Boys, pero en general, eran artistas poco trascendentales, de canciones desechables.

El 30 de noviembre apareció en Inglaterra un nuevo tema de The Beatles, I Want to Hold your Hand. Su segundo álbum, With The Beatles, tuvo pedidos anticipados de doscientas setenta mil copias y desplazó de la primera posición a su anterior disco, Please Please Me (el tenedor previo del récord era el disco Blue Hawaii, de Elvis Presley, con cincuenta mil copias). Con estos dos álbumes, The Beatles ocuparon el primer lugar en listas inglesas durante cincuenta y un semanas, entre mayo de 1963 y mayo de 1964. With The Beatles fue el primer álbum en la historia de Inglaterra en superar el millón de copias vendidas.

El 14 de diciembre I Want to Hold your Hand ascendió al primer lugar, reemplazando a She Loves You. Era la primera vez que dos canciones del mismo artista se sucedían en el tope de las listas inglesas (en 1981 John Lennon repitió la hazaña). En total, se vendieron un millón y medio de copias en Inglaterra, y más de quince millones en el mundo.

El álbum With The Beatles tiene una carátula novedosa y revolucionaria. Muestra a John, Paul, George y Ringo en una escueta foto en blanco y negro con las caras y los hombros iluminados de costado, dejando la mitad en sombras. Este concepto gráfico, muy utilizado en los años sesenta, fue herencia de Astrid Kirscherr. La foto es de Robert Freeman, un vecino y amigo de John, que la tomó en una habitación con un papel negro de fondo. Marcó el comienzo de la intervención de los muchachos en el diseño y el arte gráfico de las carátulas de sus discos. Ese famoso álbum fue lanzado en Colombia con el desastroso título de “Las escobas que cantan”. ¡Qué vergüenza!

With The Beatles generó toda clase de reacciones en la gran prensa inglesa, que había abierto los ojos a ese fenómeno musical. Hubo entrevistas en el Daily Mirror, comentarios sobre la decadencia del Imperio británico, artículos en los que se decía que esos muchachos de Liverpool estaban enriqueciendo la lengua inglesa con exóticas expresiones del puerto, y otros que afirmaban que ese dialecto no podía considerarse como el noble y tradicional idioma de la reina. El Observer publicó una foto de una antigua diosa de la fertilidad con una forma que recordaba la de una guitarra. El texto decía: “La potencia de la guitarra como símbolo sexual se remonta a 4.800 años antes de la era de The Beatles”.

En diciembre de 1963 se anunció la firma de un acuerdo entre The Beatles, United Artists y los productores Walter Shenson y George Ornstein, para que los muchachos protagonizaran una película. En Estados Unidos, todo cantante exitoso que se respetara protagonizaba películas. Así lo habían hecho Elvis Presley, quien prácticamente enterró su carrera como cantante bajo montañas de celuloide, Frankie Avalon, Fabian, Connie Francis y muchos más. Eran grandes éxitos de taquilla. ¿Por qué no aprovechar la creciente popularidad de The Beatles para lo mismo?

A finales del año, Epstein trasladó su oficina a Londres, donde podía mantenerse en contacto permanente con todo el mundo. La legión de asistentes y secretarias que trabajaban para él cada vez crecía más. The Beatles y sus otros representados –muchos de los cuales tenían canciones pegadas en listas– requerían de una organización eficiente para supervisar cada detalle de sus carreras. Todos tenían asistentes que se encargaban de sus asuntos, a excepción de The Beatles: ellos seguían siendo responsabilidad exclusiva de Brian Epstein.

Los clubes de fans crecían a gran velocidad; para finales de 1963, había ochenta mil miembros inscritos, en contraste con los cerca de dos mil del año anterior, y no se contaba con la capacidad administrativa necesaria para inscribir a los miles que hacían fila.

Hubo más presentaciones en concierto y en televisión, confirmando que el gran boom musical del momento en Inglaterra tenía nombre propio. Uno de los críticos de música más respetados y serios, William Mann, del Times de Londres, sentenció en su balance anual que Lennon y McCartney eran los compositores más destacados del Reino Unido. En su análisis empleó expresiones como “racimos pandiatónicos” y “cambios de tonos submediantes”. En el Sunday Times, Richard Buckles señaló que Lennon y McCartney eran los compositores más grandes desde Beethoven.

Terminaba un año increíble para Brian Epstein, para George Martin, para cada uno de los Beatles, para Liverpool y para Gran Bretaña. Durante treinta y siete de las cincuenta y dos semanas del año, una canción producida por Martin había ocupado el primer lugar de las listas, un récord difícil de igualar. Una de las canciones más populares en la radio era All I Want for Christmas Is a Beatle (Todo lo que quiero para Navidad es un Beatle), de la desconocida cantante Dora Bryan. Según el New Musical Express, The Beatles era el grupo vocal más popular, con 14.666 votos, seguido por los Everly Brothers, de Estados Unidos, con 3.232 votos. En la sección de artistas británicos, The Beatles arrasaron con 18.623 votos, frente a los 2.169 de The Searchers. Los dos sencillos más vendidos de Gran Bretaña fueron She Loves You, con 1.300.000 copias, y I Want to Hold your Hand, con 1.250.000. Cliff Richard, con su éxito Bachelor Boy, ocupaba el tercer lugar, pero no alcanzaba ni el millón de copias vendidas.

El mundo dormía plácidamente en su letargo, sin saber que el fenómeno musical que se había fraguado en medio de la deprimida economía inglesa iba a destruir todos los parámetros de lo conocido apenas tres meses más tarde. Estados Unidos y el resto de Europa tenían en el primer lugar de sus listas a la hermana Luc-Gabrielle Souer Sourire (conocida en América Latina como Hermana Sonrisa, y en Estados Unidos como The Singing Nun), quien cantaba ese inefable Dominique. 1964 sería diferente: el mundo cambiaría para siempre.

Extraído del libro “The Beatles: La historia” de Manolo Bellón.












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La carcajada de Damaris

Autor: Mónica Montañés

Damaris venía saliendo apuradita. Le resultaba como grueso soltar la carcajada que tenía atragantada desde hacía rato en pleno motelito majunche. Había llegado a ese cuarto baratón, como se suele llegar a esos lugares, por una urgencia. Serísima, y más bien temblando, entró a la habitación, se desnudó, se dejó cubrir de delirios y salió a punto de estropearlo todo por culpa de la bendita carcajada. Ya en la calle y rodeada de desconocidos, la soltó y no hubo quien no se volteara a verla reír con tamaña desfachatez. Sentía que había perdido algo entre esas sábanas, algo difícil de definir, pero que, sin lugar a dudas, no extrañaría en lo más mínimo.

Se reía de ella misma y del pobre Darío Díaz que la vio salir casi corriendo, jurándola bañada en culpas, sin sospechar siquiera que era primera y última, que más nunca pondría una mano sobre el cuerpo travieso de Damaris, ese mismo cuerpo que hacía apenas una hora y cuarto había acudido a la cita con tantas urgencias como él.

Damaris no paraba de reírse, pero si hacía apenas hora y cuarto hubiera podido jurar que se moría por Darío Díaz. Hacía exactamente seis meses y tres días que sus miradas se habían cruzado en un pasillo de la oficina, de tal manera que ambos supieron que la cita de hoy era sólo cuestión de esperar el momento. Seis meses y tres días inventándose cafecitos a media tarde, reuniones impostergables, proyectos que había que revisar y volver a revisar. Seis meses y tres días en los que el pobre Darío Díaz no daba crédito a su suerte, disfrutando el privilegio de saber que la brevedad de las minifaldas de Damaris estaba dedicada exclusivamente a llenarle la cabeza y el sueño de ideas. Seis meses y tres días en los que Damaris se había sentido otra vez bonita, otra vez deseada, otra vez mujer y, en consecuencia, se había jurado profundamente enamorada de él, de los ojos claritos y gozones de él, de su cabello comenzando ya a ser sólo un recuerdo, de su cuerpo generoso y sabio, de su sonrisa presagiando el momento. Seis meses y tres días recibiendo llamadas a deshoras, inventando razones cada vez más creativas para su repentina importancia en la empresa. Seis meses y tres días de desvelos sabrosos, suspiros largos y sobresaltos únicos que acababan de terminar en plena carcajada callejera de Damaris.

El pobre Darío Díaz no entendió nada cuando esa noche no logró más que dejarle mensajes a la contestadora del celular de Damaris. Y entendió todavía menos cuando al día siguiente se topó a Damaris en pantalones, viéndolo como si jamás hubiera cruzado con él más que un buenos días y un informe sobre un estado de cuentas.

Damaris no encontró maneras ni motivos para explicarle al pobre Darío Díaz que ella sí, cómo no, le estaba profundamente agradecida por los seis meses y los tres días y por los delirios en el motelito, pero que fue vestirse y darse cuenta de que no era amor toda aquella urgencia, sino la imperiosa necesidad de poder sentarse en la mesa, frente a la inconmensurable indiferencia de su marido y sonreírle al desgraciado de igual a igual, de traidor a traidor, hasta que a ella le diera la gana de terminar de dejarlo.

Extraído del libro “Veintitantos amores y pico”, ópera prima de la escritora y dramaturga venezolana Mónica Montañés.












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Asamblea en la carpintería

Hubo en la carpintería una extraña asamblea; las herramientas se reunieron para arreglar sus diferencias. El martillo fue el primero en ejercer la presidencia, pero la asamblea le notificó que debía renunciar. ¿La causa? Hacía demasiado ruido, y se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo reconoció su culpa, pero pidió que fuera expulsado el tornillo: había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.

El tornillo aceptó su retiro, pero a su vez pidió la expulsión de la lija: era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.

La lija estuvo de acuerdo, con la condición de que fuera expulsado el metro, pues se la pasaba midiendo a los demás, como si él fuera perfecto.

En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo, utilizando alternativamente el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Al final, el trozo de madera se había convertido en un lindo mueble.

Cuando la carpintería quedó sola otra vez, la asamblea reanudó la deliberación. Dijo el serrucho: “Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestras flaquezas, y concentrémonos en nuestras virtudes”.

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba solidez, la lija limaba asperezas y el metro era preciso y exacto. Se sintieron como un equipo capaz de producir hermosos muebles, y sus diferencias pasaron a segundo plano.

Cuando el personal de un equipo de trabajo suele buscar defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, florecen los mejores logros. Es fácil encontrar defectos - cualquier necio puede hacerlo -, pero encontrar cualidades es una labor para los espíritus superiores que son capaces de inspirar el éxito de los demás.

Extraído del libro “La culpa es de la vaca” de Jaime Lopera Gutiérrez y Martha Inés Bernal Trujillo (Compiladores).












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Botella al mar para el dios de las palabras

Autor: Gabriel García Márquez

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.

En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.

* Discurso leído por Gabriel García Márquez en el I Congreso Literario Internacional de la Lengua Española, realizado en Zacatecas, México, el 7 de abril de 1997.


La polémica de la ortografía - De camisas de fuerza y cinturones de castidad
Autor: Joaquín Estefanía

Tiene la sensación (¿real?) de que muchos de sus críticos no han leído el discurso que leyó en Zacatecas (México), y que contestan a lo que dicen que dijo. Esta reacción confirma el poder de la palabra, a la que hizo mención: «Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor». El Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez intervino en la apertura del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española y sus ideas crearon una formidable polémica que ha traspasado el mundo de los expertos y de los gramáticos y se ha ampliado a los que leen o escriben. EL PAÍS le pidió que escribiera un artículo explicándose, matizando o reafirmándose, pero García Márquez no desea participar en debates. Sin embargo, antes de partir hacia La Habana aceptó mantener una conversación sobre el asunto con el director de la Escuela de Periodismo Universidad Autónoma de Madrid/EL PAÍS, Joaquín Estefanía, de la que él es profesor.

El escritor Gabriel García Márquez considera «natural» la reacción de los gramáticos, lingüistas y académicos a su discurso de Zacatecas “Botella al mar para el dios de las palabras”: «Sería absurdo que los que guardan la virginidad de la lengua estuvieran contra sí mismos. Pero la mayoría parece haber hablado sin conocer el texto completo de mi discurso, sino sólo fragmentos más o menos desfigurados en despachos de agencias. En todo caso es increíble que a la hora de la verdad hasta los más liberales sean tan conservadores».

Estos días hemos oído en muchas ocasiones que el escritor colombiano había pedido suprimir la gramática. Su discurso no lo dice.

«Dije que la gramática debería simplificarse, y este verbo, según el Diccionario de la Academia, significa 'hacer más sencilla, más fácil o menos complicada una cosa'. Pasando por alto el hecho de que esa definición dice tres veces lo mismo, es muy distinto lo que dije que lo que dicen que dije. También dije que humanicemos las leyes de la gramática. Y humanizar, según el mismo diccionario, tiene dos acepciones. La primera: 'hacer a alguien o algo humano, familiar o afable'. La segunda, en pronominal: 'Ablandarse, desenojarse, hacerse benigno'. «¿Dónde está el pecado?», se pregunta.

El siguiente punto de contestación a las palabras de García Márquez es el ortográfico. Parte del supuesto de que si a él le hiciesen un examen de gramática, le reprobarían «en toda línea».

«Además, mi ortografía me la corrigen los correctores de pruebas. Si fuera un hombre de mala fe diría que ésta es una demostración más de que la gramática no sirve para nada. Sin embargo la justicia es otra: si cometo pocos errores gramaticales es porque he aprendido a escribir leyendo al derecho y al revés a los autores que inventaron la literatura española y a los que siguen inventándola porque aprendieron con aquellos. No hay otra manera de aprender a escribir».

En toda la conversación, el Nobel de Literatura reivindica su papel de escritor y como tal, piensa «más en el sufrimiento de la gente que en la pureza del lenguaje».

«Por eso dije y repito que debería jubilarse la ortografía. Me refiero, por supuesto, a la ortografía vigente, como una consecuencia inmediata de la humanización general de la gramática. No dije que se elimine la letra hache, sino las haches rupestres. Es decir, las que nos vienen de la edad de piedra. No muchas otras, que todavía tienen algún sentido, o alguna función importante, como en la conformación del sonido che, que por fortuna desapareció como letra independiente».

Quizá el mayor escándalo se ha formado con sus propuestas respecto a las bes y las uves, y con los acentos.

Sobre las primeras, dice: «No faltan los cursis de salón o de radio y televisión que pronuncian la be y la ve como labiales o labidentales, al igual que en las otras letras romances. Pero nunca dije que se eliminara una de las dos, sino que señalé el caso con la esperanza de que se busque algún remedio para otro de los más grandes tormentos de la escuela. Tampoco dije que se eliminara la ge o la jota. Juan Ramón Jiménez reemplazó la ge por la jota, cuando sonaba como tal, y no sirvió de nada. Lo que sugerí es más difícil de hacer pero más necesario: que se firme un tratado de límites entre las dos para que se sepa dónde va cada una».

En cuanto los acentos, irónico, explica.

«Creo que lo más conservador que he dicho en mi vida fue lo que dije sobre ellos: pongamos más uso de razón en los acentos escritos. Como están hoy, con perdón de los señores puristas, no tienen ninguna lógica. Y lo único que se está logrando con estas leyes marciales es que los estudiantes odien el idioma».

García Márquez opina que los gramáticos y los escritores son oficios distintos. Su diferente dialéctica es la que ha generado el debate.

«La raíz de esta falsa polémica es que somos los escritores, y no los gramáticos y lingüistas, quienes tenemos el oficio feliz de enfrentarnos y embarrarnos con el lenguaje todos los días de nuestras vidas. Somos los que sufrimos con sus camisas de fuerza y cinturones de castidad. A veces nos asfixiamos, y nos salimos por la tangente con algo que parece arbitrario, o apelamos a la sabiduría callejera».

«Por ejemplo: he dicho en mi discurso que la palabra condoliente no existe. Existen el verbo condoler y el sustantivo doliente, que es el que recibe las condolencias . Pero los que las dan no tienen nombre. Yo lo resolví para mí en El General en su laberinto con una palabra sin inventar: condolientes. Se me ha reprochado también que en tres libros he usado la palabra átimo, que es italiana derivada del latín, pero que no pasó al castellano. Además, en mis últimos seis libros no he usado un sólo adverbio de modo terminado en mente, porque me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales».

El escritor, que está de excelente humor, concluye la conversación de un modo muy expresivo.

«El deber de los escritores no es conservar el lenguaje sino abrirle camino en la historia. Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua. De modo que tranquilos todos: no hay pleito. Nos vemos en el tercer milenio».

Y reitera sus palabras de Zacatecas: «Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros».




















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La culpa es de la vaca

Autor: Fernando Cepeda

Se estaba promoviendo la exportación de artículos colombianos de cuero a Estados Unidos, y un investigador de la firma Monitor decidió entrevistar a los representantes de dos mil almacenes en Colombia. La conclusión de la encuesta fue determinante: los precios de tales productos son altos, y la calidad muy baja.

El investigador se dirigió entonces a los fabricantes para preguntarles sobre esta conclusión. Recibió esta respuesta: no es culpa nuestra; las curtiembres tienen una tarifa arancelaria de protección de quince por ciento para impedir la entrada de cueros argentinos.

A continuación, le preguntó a los propietarios de las curtiembres, y ellos contestaron: no es culpa nuestra; el problema radica en los mataderos, porque sacan cueros de mala calidad. Como la venta de carne les reporta mayores ganancias con menor esfuerzo, los cueros les importan muy poco.

Entonces el investigador, armado de toda su paciencia, se fue a un matadero. Allí le dijeron: no es culpa nuestra; el problema es que los ganaderos gastan muy poco en venenos contra las garrapatas y además marcan por todas partes a las reses para evitar que se las roben, prácticas que destruyen los cueros.

Finalmente, el investigador decidió visitar a los ganaderos. Ellos también dijeron: no es culpa nuestra; esas estúpidas vacas se restriegan contra los alambres de púas para aliviarse de las picaduras.

La conclusión del consultor extranjero fue muy simple: los productores colombianos de carteras de cuero no pueden competir en el mercado de Estados Unidos “¡porque sus vacas son estúpidas!”

Este texto, cuyo resumen fue publicado originalmente por el profesor Fernando Cepeda en su columna habitual de El Tiempo, es una excelente demostración de una conducta muy nuestra relacionada con la ramificación de la culpa: solemos actuar como lo señala la historia de “La culpa es de la vaca”, si no encontramos fácilmente un culpable de las cosas que nos pasan, somos capaces de responsabilizar a un animal, al destino, al horóscopo, a otras personas, a lo que sea, con tal de no comprometernos con el cambio.

Extraído del libro “La culpa es de la vaca” de Jaime Lopera Gutiérrez y Martha Inés Bernal Trujillo (Compiladores).












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La Carta a García

Autor: Elbert Hubbard

Hubo un hombre cuya actuación en la guerra de Cuba, culmina un astro en su perihelio.

Sucedió que cuando hubo estallado la guerra entre España y los Estados Unidos, palpóse clara la necesidad de un entendimiento inmediato entre el Presidente de la Unión Americana y el General Calixto García. Pero, ¿cómo hacerlo? Hallábase García en esos momentos Dios sabe dónde en alguna serranía perdida en el interior de la Isla. Y era precisa su colaboración. Pero, ¿cómo hacer llegar a sus manos un despacho? ¿Qué hacer?

Alguien dice al Presidente: "Conozco a un hombre llamado Rowan. Si alguna persona en el mundo es capaz de dar con García es él: Rowan".

Cómo el sujeto que lleva por nombre Rowan toma la carta, guárdala en una bolsa que cierra contra su corazón, desembarca a los cuatro días en las costas de Cuba, desaparece en la selva primitiva para reaparecer de nuevo a las tres semanas al otro extremo de la Isla, cruzando un territorio hostil, y entrega la carta a García, son cosas de las cuales no tengo especial interés narrar aquí. El punto sobre el cual quiero llamar la atención es éste:

"McKinley da a Rowan una carta para que la lleve a García. Rowan toma la carta y no pregunta: ¿en dónde podré encontrarlo?".

¡Por Dios vivo!, que aquí hay un hombre cuya estatua debería ser vaciada en bronces eternos y colocada en cada uno de los colegios del universo. Porque lo que debe enseñarse a los jóvenes no es esto o lo de más allá; sino vigorizar, templar su ser íntegro para el deber, enseñarlos a obrar prontamente, a concentrar sus energías, a hacer las cosas, "a llevar la carta a García".

El General García ya no existe. Pero hay muchos Garcías en el mundo. Qué desaliento no habrá sentido todo hombre de empresa, que necesita de la colaboración de muchos, que no se haya quedado alguna vez estupefacto ante la imbecilidad del común de los hombres, ante su abulia, ante su falta de energía para llevar a término la ejecución de un acto.

Descuido culpable, trabajo a medio hacer, desgreño, indiferencia, parecen ser la regla general. Y sin embargo no se puede tener éxito, si no se logra por uno u otro medio la colaboración completa de los subalternos, a menos que Dios en su bondad, obre un milagro y envie un ángel iluminador como ayudante.

El lector puede poner a prueba mis palabras: llame a uno de los muchos empleados que trabajan a sus órdenes y dígale: "Consulte usted la Enciclopedia y hágame el favor de sacar un extracto de la vida de Corregio". ¿Cree usted que su ayudante le dirá: "sí señor", y ponga manos a la obra?

Pues no lo crea. Le lanzará una mirada vaga y le hará una o varias de las siguientes preguntas:

¿Quién era él?
¿En qué Enciclopedia busco eso?
¿Está usted seguro de que esto está entre mis deberes?
¿No será la vida de Bismark la que usted necesita?
¿Por qué no ponemos a Carlos a que busque eso?
¿Necesita usted de ello con urgencia?
¿Quiere que le traiga el libro para que usted mismo busque allí lo que necesita?
Diga: ¿para qué quiere saber eso?

Y apuesto diez contra uno a que despues de que usted haya respondido íntegramente el anterior cuestionario y haya explicado el modo de verificar la información y para qué la necesita usted, el prodigioso ayudante se retirará y buscará otro empleado para que le ayude a buscar a "GARCÍA" y regresará luego a informarle que tal hombre no existió en el mundo.

Puede suceder que yo pierda mi apuesta, pero si la ley de los promedios es cierta, no la perderé. Y si usted es un hombre cuerdo no se tomará el trabajo de explicarle a su ayudante que Corregio se busca en la C y no en la K; se sonreirá usted y suavemente le dirá: "dejemos eso". Y buscará usted personalmente lo que necesita averiguar.

Y esta incapacidad para la acción independiente, esta estupidez moral, esta atrofia de la voluntad, esta mala gana para remover por sí mismo los obstáculos, es lo que retarda el bienestar colectivo de la sociedad. Y si los hombres no obran en su provecho personal, ¿qué harán cuando el beneficio de su esfuerzo sea para todos?

Se palpa la necesidad de un capataz armado de garrote. El temor de ser despedidos el sábado por la tarde es lo único que retiene a muchos trabajadores en su puesto. Ponga un aviso solicitando un secretario, y de cada diez aspirantes, nueve no saben ni ortografía ni puntuación.

¿Podrían tales gentes llevar la carta a García?

En cierta ocasión me decía el jefe de una gran fábrica: "Ve usted a ese contador que está allí?"

"Lo veo, ¿y qué?"

"Es un gran contabilista; pero si lo envío a la parte alta de la ciudad con cualquier objeto, puede que desempeñe la misión correctamente; pero puede ser también que en su viaje se detenga en cuatro cantinas y al llegar a la calle principal de la ciudad haya olvidado absolutamente a qué iba". ¿Podría confiársele a un tío semejante la carta para García?

En los últimos tiempos es frecuente oir hablar con gran simpatía del pobre trabajador víctima de la explotación industrial, del hombre honrado, sin trabajo, que por todas partes busca inútilmente emplearse. Y a todo esto se mezclan palabras duras contra los que están arriba, y nada se dice del jefe de industria que envejece prematuramente luchando en vano por enseñar a ejecutar a otros un trabajo que ni quieren aprender ni les importa; ni de su larga y paciente lucha con colaboradores que no colaboran y que sólo esperan verlo volver la espalda para malgastar el tiempo. En todo almacén, en toda fábrica, hay una continua renovación de empleados. El jefe despide a cada instante a individuos incapaces de impulsar su industria y llama a otros a ocupar sus puestos. Y esta escogencia no cesa en tiempo alguno ni en los buenos ni en los malos. Con la sola diferencia de que cuando hay escasez de trabajo la selección se hace mejor; pero en todo tiempo y siempre el incapaz es despedido; "la ley de la supervivencia de los mejores se impone". Por interés propio todo patrono conserva a su servicio a los más hábiles: aquellos capaces de llevar la carta a García.

Conozco a un hombre de facultades verdaderamente brillantes, pero inhábil para manejar sus propios negocios y absolutamente inútil para gestionar los ajenos, porque lleva siempre consigo la insana sospecha de que sus superiores lo oprimen o tratan de oprimirlo. Ni sabe dar órdenes ni sabe recibirlas. Si se enviara con él la carta a García, contestaría muy probablemente: "llévela usted". Hoy este hombre vaga por las calles en busca de oficio, mientras el viento silba al pasar entre las hilachas de su vestido. Nadie que lo conozca se atreve a emplearlo por ser él un sembrador de discordias. No le entra la razón y sólo sería sensible al taconazo de una bota número 45 de doble suela.

Comprendo que un hombre tan deformado moralmente merece tanta compasión como si lo fuera físicamente; pero al compadecerlo recordemos también a aquellos que luchan por sacar triunfante una empresa, sin que sus horas de trabajo estén limitadas por el pito de la fábrica, y cuyo cabello se torna prematuramente blanco en la lucha tenaz por conservar sus puestos a individuos de indiferencia glacial, imbéciles e ingratos que le deben a él el pan que se comen y el hogar que los abriga.

¿Habré exagerado demasiado? Puede ser; pero cuando todo el mundo habla de los trabajadores, así, sin distinción ninguna; quiero tener una frase de simpatía para el hombre que logra éxito; para aquél que luchando contra todos los obstáculos, dirige los esfuerzos de los otros, y cuando ha triunfado, sólo obtiene por recompensa - si acaso - pan y abrigo. Yo también he trabajado a jornal y me he hecho la comida con mis propias manos; he sido patrono y puedo juzgar por experiencia propia y sé que hay mucho que decir de parte y parte. La pobreza no da excelencia por sí sola; los harapos no son recomendación; no todos los patronos son duros y rapaces, ni todos los pobres son virtusosos.

Mi corazón está con aquellos obreros que trabajan lo mismo cuando el capataz está presente que cuando está ausente. Y el hombre que se hace cargo de una carta para García y la lleva tranquilamente sin hacer preguntas idiotas, y sin la intención perversa de arrojarla en la primera alcantarilla que se encuentra al paso, y sin otro objetivo que llevarla a su destino; a este hombre jamás se le despedirá de su trabajo, ni tendrá jamás que entrar en huelga para obtener un aumento de salario. La civilización es una lucha prolongada en busca de tales individuos. Todo lo que un hombre de esta clase pida, lo tendrá; lo necesitan en todas partes; en las ciudades, en los pueblos, en las aldeas, en las oficinas; en las fábricas; en los almacenes. El mundo los pide a gritos, el mundo está esperando siempre ansioso el advenimiento de hombres capaces de llevar la carta a García.

El mundo confiere su mejores premios tanto en honores como en dinero, a una sola cosa: a la iniciativa.

¿Qué es la iniciativa?

Puedo definirla en pocas palabras: hacer, lo que se debe de hacer, bien hecho; sin que nadie lo mande.

A quien hace una cosa bien hecha sin que nadie se lo ordene, sigue aquel que la hace bien cuando se le ha ordenado una sola vez, es decir; aquellos que saben llevar la carta a García. Estos reciben altos honores, pero su pago no guarda la misma proporción.

Vienen luego aquellos que obran sólo cuando se les ha dado la orden por dos veces; no reciben honores y sólo tienen un pago pequeño.

Se encuentran después los que hacen una cosa bien hecha, pero sólo cuando la necesidad los aguijonea; en vez de honores reciben la indiferencia y se les paga con una miseria. Estos tales emplean la mayor parte de su tiempo refiriendo historias de su mala suerte.

Todavía en una escala inferior están aquellos que no hacen nada bien hecho, aún cuando algún compañero se lo enseñe a hacer y permanezca a su lado para cerciorarse de que lo hacen; éstos pierden constantemente sus puestos y reciben como pago el desprecio que se merecen, a menos que por suerte tengan un padre rico, y en este caso el destino los acecha en su camino hasta descargarles un recio golpe.

¿A qué clase pertenece usted?

El Director General o Jefe de la Policía de Buenos Aires ha querido dar, según leemos en La Prensa de aquella gran metrópoli, una lección educativa a sus subordinados para establecer las condiciones que, a su juicio, constituyen el verdadero mérito para lograr un ascenso. Sobre los años de servicio pone las aptitudes; doctrina ésta que se ha popularizado por medio del siguiente apotegma: "Aptitud duple antigüedad".

A fin de establecer lo que entiende por aptitudes superiores, el Jefe de la Policía bonaerense ha escrito un diálogo a la manera platónica; lo ha hecho escribir en grandes carteles murales y lo ha mandado fijar en todos los cuarteles de su mando. He aquí el diálogo:

La escena ocurre en una de nuestras grandes casas comerciales. Un empleado pide autorización para presentar una queja al director general.

- ¿Qué hay?
- Señor director, ayer fue nombrado X para ocupar la vacante de Z, y X es 16 años más joven que yo.

El director le interrumpe:

- ¿Quiere usted averiguar la causa de ese ruido?

El empleado sale a la calle y regresa diciendo:

- Son unos carros.
- ¿Qué llevan?

Después de una nueva salida el empleado vuelve diciendo:

- Unas bolsas. - ¿Qué contienen las bolsas?

El empleado hace otro viaje a la calle y vuelve diciendo:

- No sé lo que tienen. - ¿A dónde van?

Cuarta salida y responde:

- Van hacia el este.

El director llama al joven X y le dice:

- ¿Quiere averiguar la causa de ese ruido?

El empleado X sale y regresa cinco minutos después manifestando:

- Son cuatro carros cargados con bolsas de azúcar, forman parte de las quince toneladas que la Casa A remite a Mendoza. Esta mañana pasaron los mismos carros con igual carga. Se dirigen a la estación Catalinas; van consignados a...

El director, dirigiéndose al empleado antiguo:

- ¿Ha comprendido usted?


“Las gentes que nunca hacen más de lo que se les paga, nunca obtienen por pago más de lo que hacen” Elbert Hubbard

El pasatiempo literario que acaba de leer, "La Carta a García", fue escrito de sobremesas, una tarde en el corto término de una hora. Pasaba esto el 22 de febrero de 1899, aniversario del natalicio de George Washington, y ya en la revista "Philistine" de marzo de este mismo año, corría publicado. Fue algo que brotó caliente de mi corazón y que fue escrito tras un día gastado en la pesada faena de excitar a infelices sumidos en los limbos de la inacción criminal a que se tornasen hombres auténticos radioactivos.

Pero la verdadera frase creadora brotó de los labios de mi hijo Bert, cuando en el curso de la conversación y entre taza y taza de té, sugirió que el héroe verdadero de la guerra de Cuba había sido Rowan.

-Si -dijo mi hijo- porque Rowan fue quien en la hora oportuna, culminante, llevó a cabo el hecho único, necesario: llevar el mensaje a García.

La frase me hirió como un rayo. Si -exclamé- el muchacho tiene razón: el héroe es siempre aquel que cumple su misión, el que lleva la carta a García. Corro a mi escritorio, y de un tirón y de uno a otro cabo escribo: "La Carta a García".

Tan poco caso hice de mi escrito que fue publicado en la revista sin encabezamiento siquiera. La edición salió, y empezaron a llover pedidos por doce, por cincuenta, por cien ejemplares de la revista; y cuando The American News Co. pidió mil ejemplares, pregunté lleno de asombro a uno de mis ayudantes qué era lo que en ese número de la revista levantaba tal polvareda: "Esa historia suya acerca de García", fue la respuesta.

Al día siguiente recibí un telegrama de George H. Daniels, del New York Central Railroad, que decía así: "Deme precio de 100.000 ejemplares del artículo de Rowan, en forma de folleto, con un aviso en la portada sobre el Empire State Express, y diga cuándo puede hacer la entrega".

Contesté dando el precio y avisando que la entrega se podía hacer en dos años. Disponíamos de tan pocos elementos, que eso de imprimir 100.000 ejemplares, nos pareció una empresa tremenda. El resultado fue que di permiso a Mr. Daniels para reimprimir el artículo por su cuenta. Lo hizo él en ediciones de a medio millón de folletos. Dos o tres lotes de a 500.000 fueron puestos en circulación, y además fue reproducido por cerca de doscientas revistas y periódicos y traducido a todas las lenguas vivas.

Por los tiempos en que Mr. Daniels distribuía "La Carta a García", vino a los Estados Unidos el príncipe Hilakoff, director de los ferrocarriles rusos. Y como el dicho príncipe fuese huésped del New York Central y saliera a una gira por todo el país bajo la dirección personal de Mr. Daniels, conoció el folleto y se interesó por él, más, quizás, por ser Mr. Daniels quien lo repartía y por la gran cantidad que de él vio circular de mano en mano, que por cualquier otra causa.

Lo cierto del caso fue que, de vuelta a su país, lo hizo traducir al ruso e hizo repartir de él sendos ejemplares a los empleados de todos los ferrocarriles del imperio. De Rusia pasó a Alemania, a Francia, a España, a Turquía, al Indostán, a la China.

Durante la guerra ruso-japonesa, cada soldado ruso que iba al frente llevaba un ejemplar de "La Carta a García". Al encontrar los japoneses el folleto en poder de todos y cada uno de los prisioneros de guerra, concluyeron que aquello debía ser cosa excelente y lo vertieron a su idioma. Por orden del Mikado un ejemplar fue repartido a cada uno de los empleados del gobierno, militares o civiles. Alrededor de 40.000.000 de ejemplares de "La Carta a García" han sido impresos, siendo esta la mayor circulación que una obra - en vida de su autor- haya logrado en tiempo alguno de la historia gracias a qué serie de afortunados accidentes!















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"En la Tierra no hay Cielo, pero sí pedazos de él".
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"Muchos temores nacen de la fatiga y de la soledad".
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“Hay otros mundos, pero están en este".
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Extraído del libro "Más vitaminas para todos los días" del diario de economía y negocios Portafolio.












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